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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.30 n.91 Santiago dic. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612004009100002 

 

Revista eure (vol.XXX, N°91), PP.7-28, Santiago de Chile, diciembre 2004

ARTICULO

Santiago de Chile, ¿ejemplo de una reestructuración capitalista global?***

 

Luis Fuentes*, Carlos Sierralta**

* Investigador Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, Pontificia Universidad Católica de Chile. ChileE-mail: lfuentes@puc.cl
** Investigador Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, Pontificia Universidad Católica de Chile. Chile E-mail: csierral@puc.cl



ABSTRACT

Terms like "global city", "diffuse city", "dual city", among others, deserve to be discussed and contrasted with urban processes that are been taking part in Santiago de Chile in the last decades. This article attempts to discuss the convenience of grant to Chile’s capital city these and others adjectives, commonly used in the urban literature

Keywords: Santiago de Chile, urban reconstruction, liberalization, informationalization, globalization.


RESUMEN

Términos como "ciudad global", "ciudad difusa", "ciudad dual", entre otros, merecen ser rediscutidos y contrastados con el proceso de transformaciones experimentado por Santiago de Chile producto de la reestructuración capitalista. En este sentido, este trabajo pretende discutir acerca de la conveniencia de otorgar a la capital de Chile éstos y otros adjetivos frecuentemente utilizados en la literatura urbanística internacional.

Palabras clave: Santiago de Chile, reestructuración urbana, liberalización, informacionalización, globalización.


1. Un nuevo enfoque para el estudio de las ciudades

Existe en la actualidad un generalizado consenso en la literatura urbana acerca de que los cambios producidos desde mediados de los ‘70 en el capitalismo global han transformado el papel, la morfología y la estructura socio-espacial de las grandes ciudades. Brenner (2003), por ejemplo, señala que estamos observando una nueva transformación en la organización espacial del capitalismo, que ha permitido a las ciudades recuperar su primacía como motores geo-económicos del sistema mundial, formando lo que algunos autores han denominado "Ciudades Globales" (Friedmann y Wolf, 1982; Sassen, 1991). Este calificativo intenta describir a "las clases de ciudades que juegan un rol conductor en la articulación espacial del sistema económico global, o bien, da nombre a la dimensión de todas aquellas ciudades que en medida variable están integradas a este sistema" (Friedmann, 1997: 2). Esto ha tenido como consecuencia la formación de una jerarquía de ciudades, donde la posición de cada una de ellas está condicionada por su poder económico relativo o bien por la productividad de la región a la que articulan.

En cuanto a las transformaciones morfológicas y estructurales, Soja (1991: 361) señala que "la reestructuración urbana está asociada a una redirección mayor de las tendencias seculares inducida por graves shocks a las condiciones preexistentes de desarrollo y crecimiento urbano". Entonces, estas dinámicas urbanas contemporáneas deben ser evaluadas con las crisis económicas y políticas que marcaron el fin del largo período de bonanza de postguerra como telón de fondo. La crisis del sistema tecnológico institucional y social keynesiano-fordista en las antiguas ciudades industriales de Norteamérica y Europa Occidental, durante los ’70, fue paralelo a la emergencia de los llamados "nuevos espacios industriales", como Silicon Valley, Los Ángeles/Orange County, Baden-Württemburg y la Tercera Italia, basados en formas de organización industrial descentralizada y verticalmente desintegradas. La localización espacial de estas industrias varían ampliamente, pero la mayoría se tiende a ubicar en las principales regiones urbanas, buscando obtener ventajas para articular la economía local, regional, nacional y global. Esto ha generado la emergencia de nuevos patrones de urbanización y funcionamiento de las ciudades, constituyendo regiones urbanas policéntricas (Brenner, 2003) o, como las caracteriza De Mattos (1999), "estructuras policéntricas de dimensión regional".

Desde el punto de vista socioespacial, Borja y Castells (1997: 29) señalan que "el nuevo modelo tecno-económico se caracteriza simultáneamente por su gran dinamismo productivo y por el carácter excluyente de amplios territorios y sectores sociales". Los mismos autores señalan que los procesos de exclusión social más profundos se manifiestan en una dualidad intrametropolitana, particularmente en las grandes ciudades de casi todos los países.

Las ciudades latinoamericanas no han escapado a estas tendencias mundiales, ya que en términos generales, el desarrollo económico y cómo no, las ciudades, han sobrepasado el control de un Estado que actualmente se repliega; es en ese escenario donde el planificador urbano ha pasado de ser el "guardabosques" a un "cazador furtivo", en la estratégicamente planificada "ciudad de los promotores" (Hall, 1996).

La investigación urbana latinoamericana es coincidente al señalar que el cambio en el régimen de acumulación de esta nueva fase del capitalismo global "contribuye a nuevas formas de urbanización" (Ciccolella, 1999: 8). En tal sentido, la desregulación, privatización y liberalización económica han tendido a someter a los factores domésticos ante los factores externos (Ciccolella, 1999), desencadenándose nuevas formas de crecimiento metropolitano "donde la suburbanización, la policentra-lización, la polarización social, la segregación residencial, la fragmentación de la estructura urbana, etc., aparecen como rasgos destacados de una nueva geografía urbana" (De Mattos, 2002a:5).

A la luz de los aportes teóricos1 derivados del debate en torno a las consecuencias del capitalismo global y difusión de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC), este trabajo pretende caracterizar las principales transformaciones experimentadas por Santiago de Chile y debatir la conveniencia de otorgarle algunos calificativos comúnmente utilizados en la literatura internacional.

2. Nueva economía y transformación productiva global, ¿una nueva función y forma para las ciudades?

En plena década de 1970, el que tal vez había sido el período de crecimiento más largo que la economía capitalista había tenido empezó a mostrar signos de debilitamiento, lo que provocó una progresiva aceptación de los postulados liberales, caracterizados por la eliminación de barreras para el libre funcionamiento del mercado y para el despliegue mundial de las empresas transnacionales bajo una nueva arquitectura productiva en red (Veltz, 1996). Su adopción requería de profundas reformas, tales como la supresión del control de precios, reducción de la estructura del Estado y restricción del gasto público, implementación de una radical apertura externa y desregulación del mercado de trabajo y de los mercados financieros (Larraín y Rivas, 1990, y Stallings, 2002, en De Mattos y Riffo, 2003).

En adición, el paradigma tecnoeconómico electromecánico, que había significado la principal base de producción del período fordista, sufría obsolescencia y debía ser reemplazado por uno nuevo capaz de asegurar el funcionamiento de la nueva economía. En palabras de Castells (2000), esta nueva economía está fundamentada en el conocimiento y la información como bases de producción, elevando los conceptos de productividad y competitividad a objetivos centrales para el crecimiento económico de los países. Sobre el avance del conocimiento y la aceptación general de las NTIC, algunos autores profetizaron el fin de las ciudades, "ya que la información fluiría libremente a través de cables y el éter hasta llegar a pequeños aparatos que las recibirían, la procesarían y la intercambiarían, y todo el mundo podría operar cual fuera su lugar de residencia siempre y cuando contara con las conexiones digitales necesarias" (Hall, 1996: 419).

Sin embargo, es evidente la importancia que han adquirido las ciudades como motores geo-económicos del actual despliegue espacial capitalista (Brenner, 2003). La paradoja se da en el sentido de que las NTIC, con su innegable poder catalizador de nuevos contactos personales, están favoreciendo la esencia misma de una ciudad: la interacción. Es decir, al mismo tiempo que contamos con las herramientas que permiten dispersarse y seguir operando, la concentración sigue siendo importante para la producción. La esencia de esta paradoja entre dispersión y concentración es estudiada por Sassen (2003), quien se formula la siguiente pregunta: ¿Por qué en tiempo de rápido crecimiento en la red de centros financieros, los volúmenes totales y las redes electrónicas tienen tan alta concentración de porciones de mercado en los centros líderes, globales y nacionales? La misma autora intenta dar respuesta a esta interrogante y explica que al menos hay tres razones: (a) la importancia de la conectividad social y de las funciones centrales; (b) fusiones y alianzas transfronterizas; y (c) las elites y los proyectos desnacionalizados.

Al mismo tiempo, Friedmann (1997) sostiene que las ciudades contemporáneas operan como "nodos organizadores" y que la consolidación de una jerarquía urbana mundial, gracias al efecto dispersión-concentración, debe ser entendido como un giro fundamental en la geografía del capitalismo mundial, "un fenómeno históricamente sin precedentes", en el cual las ciudades y redes interurbanas parecen estar reemplazando las economías territoriales nacionalmente escaladas como la base geográfica para el desarrollo industrial capitalista (Brenner, 2003).

Cada ciudad global, dentro de la jerarquía mundial encabezada por Nueva York, Tokio y Londres, integra una región mayor de la cual es su capital económica y financiera o su "centro de control"; por tanto, según Friedmann (1997), su poder económico está en directa relación con la productividad de la región a la cual articulan. Los cambios en la política exógena, la reestructuración económica y la competencia entre ciudades pueden hacer ascender o descender de los escalones de la jerarquía mundial a las ciudades, y atraer consecuentemente más inversiones y asegurar una participación mayor sobre el capital global.

Pero no sólo la función y estructura de las ciudades ha variado gracias al impacto del nuevo modelo económico y las tecnologías; también la forma urbana ha sufrido transformaciones. Soja (1991) ha acuñado el término "exópolis" para capturar los patrones geométricos transformados de la expansión urbana que han cristalizado en regiones tan diversas en Norteamérica y Europa. La exópolis no es una ciudad sin un centro, sino una ciudad "vuelta hacia adentro y hacia fuera al mismo tiempo". Tal como afirma Brenner (2003: 10), "las ciudades, ciudades-región y redes interurbanas articulan nuevos patrones escalares que indefinen los modelos heredados de centralidad urbana, mientras que simultáneamente reconstituyen los patrones de polarización centro-periferia y de desarrollo espacial desigual, a través de los cuales el capital afirma su poder hegemónico sobre el espacio social".

En términos territoriales, lo que se observa es el paso desde un espacio metropolitano relativamente compacto a una expansión de tipo policéntrica, dándose origen a un patrón asociado a redes y con límites y fronteras menos precisas y difícilmente definibles. Según Aguilar (2002), lo anterior genera un modelo de expansión con tendencias de dispersión urbanas que incorpora progresivamente pequeños pueblos y periferias rurales dentro de un sistema metropolitano cada vez más amplio y complejo; por tanto, quizá podría generarse –a otra escala, ciertamente- la dualidad del fenómeno que caracteriza el despliegue espacial del capitalismo: el fenómeno de dispersión-concentración.

Tal caracterización ha sido definida como "ciudad dispersa" (Monclús, 1998), la que en palabras de De Mattos (2002b), se ha producido bajo el vertiginoso incremento de la utilización del automóvil, del transporte automotor y de la difusión de las NTIC, con una sustantiva reducción de la gravitación de la distancia de la movilidad de las personas y las empresas, lo cual estimula la localización más alejada de los centros tradicionales. En lo esencial, estos factores han incidido en la ampliación territorial del campo de externalidades metropolitanas, favoreciendo la formación de sistemas productivos centrales mediante el ensamble de numerosas actividades localizadas en diversos centros urbanos hasta ahora independientes o autónomos, ubicados en el entorno próximo de cada área metropolitana. La localización de las empresas y de las familias en lugares más alejados, a medida que estas tendencias se han ido imponiendo, es lo que estimula la tendencia a la metropolización expandida".

Janoschka (2002: 16) señala que el desarrollo de Los Ángeles o Las Vegas, en Estados Unidos, o Tijuana, en México, son un claro ejemplo de las nuevas estructuras de metrópolis postmodernas: "La manifestación espacial postmoderna es la fragmentación del espacio urbano en áreas parciales independientes", gracias a la generación de nuevas centralidades y la aparición espacial de una "sociedad público-privada", que restringe el libre acceso a ciertos espacios urbanos. Entonces, la característica excluyente del nuevo modelo de acumulación no sólo se manifiesta a escala planetaria, sino también localmente, como lo demuestra la aparición en la mayoría de las ciudades del mundo de las urbanizaciones cerradas, una forma de "dispersión concentrada" en la cual se despliega el uso habitacional de los estratos sociales medios y altos.

En cuanto a la estructura socioespacial de las ciudades, se han generado un conjunto de polarizaciones múltiples, tanto entre las ciudades como al interior de éstas. Según Sassen (en Hall, 1996: 416), los ciudadanos de Nueva York o Tokio salen ganando y los de Birmingham y Detroit pierden, a menos que estas últimas ciudades reorienten sus actividades manufactureras hacia las de información. En los espacios intrametropolitanos, las reformas tendientes a flexibilizar el mercado laboral tuvieron como consecuencia la polarización de la mano de obra entre los "analistas simbólicos" y los "obreros menos cualificados" de Reich (1991), con profundas consecuencias sociales. Así, por ejemplo, en Nueva York entre 1977 y 1987 se perdieron unos 140.000 empleos industriales, mientras que se crearon 342.000 empleos en servicios avanzados de distinto nivel. Por tanto, la geografía cambiante del empleo podría haber configurado una nueva geografía social de la ciudad. En palabras de Borja y Castells (1997: 60), "el aspecto relativamente nuevo es que los procesos de exclusión social más profundos se manifiestan en una dualidad intrametropolitana, particularmente en las grandes ciudades de casi todos los países, siendo así que en distintos espacios del mismo sistema metropolitano existen, sin articularse y a veces sin verse, las funciones más valorizadas y las más degradadas, los grupos sociales productores de información y detentadores de riqueza en contraste con los grupos sociales excluidos y las personas en condición de marginación".

Según Hall (1996), el tipo de ciudad que surge es la que Tom Wolfe ha descrito en su parábola La hoguera de las vanidades, donde los "Maestros del Universo" encargados de la seguridad se encuentran frente a frente con las clases urbanas más pobres: la historia transcurre en Nueva York, pero podría tratarse también de Londres, París o Ámsterdam. A lo largo de los años ‘90 se ha demostrado que este fenómeno, que en un tiempo se creyó que era propio de las economías anglo-americanas, menos reglamentadas, también está apareciendo en otros tipos de sociedades y ciudades: en los barrios de viviendas estatales hay cada vez más desempleados y –como en Nueva York y Londres- la violencia bulle bajo la superficie. En este sentido, Borja y Castells (1997: 63) indican que "la dualización social urbana caracteriza también las ciudades de los países pobres y tiene igualmente su origen en la segmentación del mercado del trabajo, especificado por edad, sexo y educación".

3. La transformación de las ciudades latinoamericanas

La conceptualización de los procesos derivados de la reestructuración económica mundial y sus efectos territoriales está referida principalmente a investigaciones realizadas en espacios centrales del capitalismo mundial. Entonces, al examinar las teorías que los sustentan, cabe preguntarse acerca de la relación entre la globalización y los efectos territoriales en espacios periféricos del capitalismo, como América Latina.

Al revisar la investigación urbana latinoamericana respecto a estos temas, se observa un importante esfuerzo que intenta describir los cambios producidos en los espacios urbanos de nuestra región de cara a la globalización e informacionalización. De esta manera, es posible encontrar investigaciones acerca de Sao Paulo (Azzoni, 1999; Tachner y Bógus, 2001), Buenos Aires (Ciccolella, 1999; Pírez, 1999; Torres, 2001, Santiago (De Mattos, 1999 y 2002; Rodríguez y Winchester, 2001; Ducci, 2000, Sabatini y Arenas, 2000; Hidalgo, 2004), Ciudad de México (Parnreiter, 2002; Aguilar, 2002) y Curitiba (Moura, 2003).

Según De Mattos (2002), todos los países latinoamericanos, en mayor o menor medida, están viviendo profundas transformaciones derivadas de los avances de los procesos de reestructuración socioeconómica y de difusión y adopción de las NTIC, como partes constitutivas del fenómeno de la globalización. Tal como afirma el mismo autor, uno de los procesos más destacables ha sido la recuperación de la importancia de las grandes ciudades y de su crecimiento, coincidiendo con lo expresado por Brenner (2003) para las ciudades europeas.

Por otra parte, las políticas tendientes a la liberalización de las economías fueron adoptadas por los gobiernos en distintos momentos, entre la década de 1970 y 1990. Se establecieron reformas que buscaban estimular una mayor integración global a través de importantes medidas como la privatización de empresas del sector público, atracción de inversión extranjera en otras áreas de la economía y apoyos a empresas nacionales, para buscar mercados de exportación e incentivar la competitividad del sector exportador de materias primas (Aguilar, 2002). Un rasgo destacable de la profundización de la inserción externa de las diversas naciones latinoamericanas se refleja en la importancia adquirida por la Inversión Extranjera Directa (IED) en el Producto Interno Bruto (PIB) de las economías. Entre los años 1990 y 1996 Chile tenía el más alto valor de IED como porcentaje del PIB, cifra que llegó a 2,3%, mientras que en Colombia se elevó a 1,78%; en México a 1,74%, en Argentina a 1,58% y en Brasil a 0,58% (CEPAL, 1997).

La profundización de la inserción de las ciudades latinoamericanas en el ámbito internacional ha generado la formación de una jerarquía urbana, que se manifiesta en el estudio del Globalization and World Cities Study Group and Network (Gawc). Éste se propuso realizar una sistematización y evaluación de las ciudades mundiales ordenadas conforme a un indicador de influencia mundial o "mundialidad", en base a la presencia de los servicios al productor. Latinoamérica tiene dos ciudades entre diez clasificadas como "Beta" (Ciudad de México y Sao Paulo), las cuales prestan a lo menos tres de los cuatro servicios evaluados (auditoría, publicidad, banca y servicios financieros y servicios jurídicos). Además, incluye 3 entre 35 ciudades clasificadas como "Gamma" (Santiago, Caracas y Buenos Aires), tercera categoría del inventario. El resultado del estudio del GaWC refuerza las conclusiones del estudio de Sassen (2003: 12), la que manifiesta que a pesar del fenómeno de dispersión, los flujos de capital a nivel mundial siguen fluyendo en dirección Norte-Norte, lo que fortalece la posición de las ciudades de ese hemisferio.

Otra característica interesante del proceso de concentración económica en las principales ciudades de la región, es la transformación de economías centradas en la producción industrial a una configuración en sectores terciarios, que se manifiesta en la pérdida de empleos industriales y un aumento generalizado del sector informal y el terciario en el peso del mercado laboral. A este respecto, Aguilar (2002) afirma que en 1970 Ciudad de México concentraba el 42% del empleo industrial, proporción que en 1993 disminuyó a 30%, mientras que en Sao Paulo, entre 1980 y 1988 el número de trabajadores industriales cayó de 64% a 62%, y el número de empleados en actividades informacionales se elevó en un 271%. En los años ’60, Buenos Aires absorbía cerca del 50% de las inversiones industriales; en los ’80, ese valor cayó a 20%, recuperándose en los ‘90 hasta llegar a 55%, mientras que el empleo informal pasó de representar el 27% en 1990 a 35% en 1998 (Ciccolella, 1999).

Con el avance y profundización de la reconversión productiva y el aumento de la inversión extranjera y nacional, es posible observar que el fenómeno de dispersión concentrada descrito por Sassen (2003) para el nivel global se repite intrametropolitanamente en la mayoría de las ciudades. Las actividades empresariales y comerciales se dispersan por el espacio metropolitano, generándose nuevas centralidades caracterizadas como nodos integrados mediante autopistas urbanas y carreteras virtuales.

La magnitud de estas transformaciones es caracterizada por distintos autores, quienes indican, por ejemplo, que la dispersión "no sólo implica nuevos desarrollos en espacios pequeños, sino centralidades completamente nuevas que aparecen por fuera del área tradicional de la ciudad" (Janoschka, 2002: 16). Es así como surgen el municipio del Libertador en Caracas (Barrios, 2001); Miraflores y San Isidro en Lima (Chion, 2002); el eje norte que va desde el centro hasta Pilar y Zárate-Campana y Puerto Madero en la ciudad de Buenos Aires (Ciccolella 1999); y Vitacura, Ciudad Empresarial (Ducci, 2000) y el "Paradero 14" de La Florida en Santiago, lugares que adquieren rápidamente relevancia en los respectivos contextos metropolitanos.

En forma paralela a este proceso de generación de nuevas centralidades, las áreas centrales tradicionales y los antiguos espacios industriales del auge del período fordista comienzan a deteriorarse debido a la falta de inversión pública y privada. Al respecto, Chion (2002) afirma que el centro histórico de Lima entró en un proceso de deterioro en su configuración física y económica, resultado del desplazamiento de muchos negocios e instituciones al nuevo y moderno centro metropolitano de Miraflores. La misma situación ocurre en Caracas y es descrita por Barrios (2001) como un hecho que admite solo una lectura: la pérdida de importancia de la ciudad histórica dentro del área metropolitana.

En el caso de Santiago y Buenos Aires, sus áreas centrales históricas siguen concentrando una cantidad considerable de funciones de comando, pero presentan pérdida de competitividad, sobre todo en el caso de la capital chilena, situación que se manifiesta en la continua pérdida de población: "Entre 1940 y 2002, mientras la población total de la ciudad crecía en alrededor de un 470% […] la población residente de la comuna central de Santiago decrecía prácticamente en un 54%" (Ortiz y Morales, 2002: 178). Se espera, en todo caso, que esta tendencia sea revertida por la aplicación de instrumentos de fomento a la inversión inmobiliaria, como el subsidio de renovación urbana.

Sin embargo, la generación de subcentros metropolitanos y la transformación en la estructura funcional de las grandes ciudades latinoamericanas, a diferencia de los casos de Nueva York, Londres y Tokio estudiados por Sassen (1991), parecen estar más vinculados al consumo (shopping centers, súper e hipermercados, centros de espectáculo, restaurantes, parques temáticos, hotelería internacional) y también a construcción y marketing de barrios privados, servicios conexos y todos los "síntomas" de los procesos de gentrificación.

Los fenómenos de crecimiento en extensión experimentados por las ciudades latinoamericanas han recibido diversos calificativos, como "concentración expandida", "metropolización expandida" o "metrópoli-Región", para ciudades como Buenos Aires y Santiago (Cicollella, 1999; De Mattos, 1999); "desarrollo policéntrico", "campo de aglomeración" o "urbanización extendida", para Sao Paulo y Río de Janeiro (Campolina, 2003); y "megaurbanizaciones con estructura policéntrica" para Ciudad de México (Aguilar, 2002).

Al respecto, para Aguilar (2002), el comportamiento demográfico de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México en las últimas décadas se ha caracterizado por una caída en el crecimiento urbano de la ciudad central y por un fuerte incremento periférico. La misma situación se observa para el caso de Santiago, donde las comunas periféricas de Las Condes y Puente Alto presentan los índices más altos de construcción de viviendas.

En Buenos Aires, por ejemplo, durante la década de los ‘90 se han realizado inversiones del orden de 4.500 millones de dólares en 300 nuevas urbanizaciones suburbanas y privadas, con un promedio de 100 hectáreas cada una y 5 millones de metros cuadrados. En Ciudad de México se han producido desarrollos inmobiliarios privados en las periferias, generalmente con sitios recreativos como campos de golf o country club (Aguilar, 2002). Quizá la característica más importante que describe el proceso de descentralización de la actividad residencial en la periferia de las ciudades es la aparición de barrios cerrados de gran escala. Algunos de estos emprendimientos son de enormes dimensiones y se constituyen en verdaderas ciudades privadas autosuficientes, como el caso de Nordelta en Buenos Aires, Alphaville en Sao Paulo (Ciccolella, 1999; Janoschka 2002) y recientemente Piedra Roja en Santiago de Chile.

Respecto a los cambios sociales sufridos por las ciudades latinoamericanas en las últimas tres décadas, éstos se originan con la pérdida de la importancia industrial y la emergencia de una nueva división del trabajo (Brenner, 2003), originada desde finales de los ’60 en el mundo y principios de los ’80 en Latinoamérica, con la expansión de la influencia de las empresas transnacionales, que caracterizaron la evolución de un mercado laboral segmentado con una fuerte polarización entre los ingresos.

Existe cierta coincidencia en que la reestructuración urbana ha provocado una distribución del ingreso regresiva. Ciccolella (1999: 22) afirma que "los estratos de menores ingresos han retrocedido aún más frente al incremento de los dos estratos de mayores ingresos"; en Buenos Aires, el 20% más pobre de la población percibía en 1990 el 5,7% del ingreso total, y en 1998 percibió el 4,2%. Por el contrario, el 20% más rico pasó en el mismo lapso del 50,7% al 53%, y los sectores medios también sufrieron una leve declinación.

Según De Mattos (1999), teniendo en cuenta las diferencias existentes entre las grandes metrópolis de los países desarrollados y las ciudades latinoamericanas, la mayor parte de las investigaciones sobre las urbes de América Latina muestran una tendencia dominante hacia el aumento de las desigualdades intra-metropolitanas y la polarización social (Ciccolella, 1999; Cariola y Lacabana, 2003; Taschner y Bógus, 2001). Sin embargo, el mismo autor afirma que "también hay algunos casos en que la tendencia hacia una mayor polarización social no ha podido ser confirmada, como ha ocurrido en las investigaciones para Río de Janeiro en la década de los ’80 y Santiago de Chile en el período que se inicia a mediados de los ’80 y se prolonga hasta fines de los ’90 (De Mattos, 1999: 57)".

En todo caso, a pesar de comprobarse el hecho de una tendencia hacia un aumento en la polarización social, no debería interpretarse como una dualización, ya que aún existe una clase media que juega un rol importante en la forma y funcionamiento social de las ciudades. Sin embargo, es importante tener en cuenta que en la mayoría de las ciudades se han generado o consolidado espacios polarizados caracterizados por la modernidad y otros por el abandono. La consolidación de Las Condes, Vitacura y Providencia en Santiago o Recoleta, Palermo y Belgrano en Buenos Aires, representan la ciudad latinoamericana moderna, internacional y competitiva; en cambio, La Pintana en Santiago, La Matanza y Florencio Varela en Buenos Aires o Ciudad de Dios en Río de Janeiro personifican la ciudad de los pobres, la marginalidad y guetización, aquellos habitantes para los cuales la globalización y sus beneficios aún no ha llegado.

4. Reestructuración urbana en Santiago de Chile

La llegada al poder del gobierno militar significó en Chile la instauración de políticas liberales en áreas concernientes al desarrollo urbano, como el mercado de suelos, la oferta de vivienda social y el transporte e infraestructura (Sabatini y Arenas, 2000), así como también la apertura a la entrada de capitales foráneos y productos importados. Estas medidas pro liberalización forman parte de un proceso integral de reformas estructurales introducidas en Chile desde los ‘70 (Cifuentes, Desormeaux y González, 2002), y cuyas implicancias son tan profundas, que de acuerdo a De Mattos y Riffo (2003), existe concordancia en que implicó una verdadera refundación de la economía y la sociedad chilena. También implican una serie de cambios en la capital de Chile, tanto en términos estructurales y morfológicos como en su función y posición dentro de la red de nodos de articulación del capitalismo global.

4.1. Poniendo a Santiago en el mapa global

La instauración de un marco regulatorio proclive a la inversión privada, la entrada de capitales extranjeros y la privatización de empresas estatales ha hecho de Chile un lugar atractivo para que las empresas trasnacionales instalen parte de sus actividades. En efecto, la promulgación del Decreto Ley Nº 600 en 1974 y de otros mecanismos de fomento a la IED, como son los capítulos XIV y XIX del Compendio del Banco Central de Regulación de Inversiones Extranjeras, establecieron el inicio de un período de entrada de capitales foráneos, consolidado posteriormente por el eficiente manejo del país, el cual pasó a destacarse entre los países de América del Sur por haber sido el de mayor estabilidad macroeconómica, y a pesar del reducido tamaño de su mercado, por ser uno de los mayores receptores de inversión extranjera en la década de 1990.

Ante este panorama, el gobierno en ejercicio "ha lanzado una fuerte campaña de promoción de las condiciones que ofrece el país a los capitales privados foráneos, que han sido respaldados en los últimos años por la consecución de los tratados de libre comercio con la Unión Europea, Corea del Sur y Estados Unidos por parte de la Cancillería, y por una estrategia pro atracción de inversiones denominada Chile País Plataforma" (De Mattos, Fuentes y Sierralta, 2004: 69-70). Esto, con el objetivo de lograr que las empresas instalen sus operaciones para Sudamérica en el país, para lo cual han establecido una campaña de diferenciación de los países frecuentemente en crisis y la aplicación de ciertas medidas, como la eliminación de trabas para el ingreso de capitales, un programa de atracción de capitales de alta tecnología y avances en la promulgación de leyes sobre Oferta Pública de Acciones, además de apoyo a los inversionistas en lo relacionado con la evaluación de los proyectos (CEPAL, 2003).

Gracias a esto, Santiago se ha venido posicionando como la mejor ciudad para hacer negocios en América Latina, incluso aventajando a otras como Miami y Sao Paulo, según el ranking de ciudades de la Revista América Economía (2004) (ver Cuadro 1). Una de las principales razones que incidieron en el avance de Santiago al primer lugar son los bajos costos de vida (que alcanzan un 60% de los costos de Miami) y la alta competitividad, cobertura y desarrollo de las NTIC. Pero además posee otros activos, como un bajo nivel de inseguridad ciudadana y estabilidad democrática y social, entre otros.

Las nuevas condiciones que ofrece Santiago –o más bien el país- han permitido que la ciudad se incorporara dentro del grupo de ciudades cuyos atributos de mundialidad (world cityness) o de influencia mundial (city’s global capacity) le permiten irrigar el sistema mundial, "ofreciendo los servicios más avanzados a los centros de producción y de intercambio" (Fossaert, 2001, en De Mattos et al. 2004: 48). Al respecto, cabe destacar que dentro de una marcadamente desigual repartición de los centros globales, Santiago ocupa una posición de privilegio dentro del Hemisferio Sur, como una de las 6 ciudades que se encuentran bajo el Ecuador. Dentro de Latinoamérica la situación es similar, pues sólo cinco son consideradas como ciudades "con atributos de mundialidad".

Sintetizando lo expresado en este apartado, podemos decir que Santiago se ha posicionado como una ciudad global de categoría "Gamma" según el Gawc, o bien como una ciudad globalizada o globalizing city (Marcuse y Van Kempen, 2000), redituando de la consolidación del país como receptor de inversión extranjera y de la reconocida imagen de estabilidad nacional, en el amplio sentido de la palabra. Ambos elementos de posicionamiento han sido fruto de la reestructuración estatal que perseguía asegurar las precondiciones para la rentabilidad de las inversiones, más que de una estrategia local de desarrollo de la ciudad; por tanto, adjetivos como "ciudad global" o "ciudad mundial", pueden ser utilizados para el caso de Santiago de Chile, aclarando –eso sí- las diferencias que existen con las ciudades que se ubican en la cúspide de la jerarquía mundial en los espacios centrales del capitalismo (ciudades "Alpha" como Nueva York, Londres y Tokio), o bien estableciendo su jerarquía según la nomenclatura del Gawc.

4.2. Santiago en transformación: expansión y policentralidad

Según los asesores económicos del Gobierno Militar, los principios de liberalización y desregulación del suelo urbano –formalmente incorporados en una modificación al plan regulador intercomunal por el Decreto Supremo 420 en 1979- tendrían como efecto la baja en los precios de éste (Sabatini, 2000; Figueroa, 2004), lo cual estuvo lejos de cumplirse. Como consecuencia de esta liberalización, una de las transformaciones urbanas más evidentes en las últimas tres décadas ha sido la expansión del suelo urbanizado, cuya expresión demográfica ha consistido básicamente en el despoblamiento de las áreas centrales y pericentrales. Esto es, de la ciudad consolidada de la época desarrollista, en contraposición a un notorio aumento de población en las comunas periféricas de Santiago.

En efecto, los datos entregados por el Censo de Población y Vivienda de 2002 muestran valores muy expresivos en relación a lo anterior. De las comunas que podríamos llamar "centrales", sólo dos tuvieron cifras de crecimiento intercensal en el período 1992-2002. Éstas son Providencia y Renca, con un 7,8% y 0,6%, respectivamente. Todo el resto de las comunas centrales tuvo tasas de crecimiento negativas. En oposición, las comunas de borde tuvieron todas tasas positivas, con casos sorprendentes como Quilicura (207,7%), Maipú (80,7%) y Puente Alto (96,7%). Esto se explica principalmente por las migraciones intraurbanas, más que por la entrada de población proveniente de la migración rural (Ortiz y Morales, 2002; De Mattos, 2004). Además, la cada vez menor importancia del crecimiento vegetativo de la población de Santiago le otorga a la citada migración interna el peso principal de la expansión metropolitana de Santiago, donde el marcado interés por la vivienda unifamiliar, sumado a un efectivo marketing inmobiliario, han logrado la redistribución de la población en áreas de borde, hechos posibilitados por la mejora vial y el aumento de la tasa de motorización a causa del incremento del ingreso per capita (ver Cuadro 2).

Lo expresado anteriormente queda en evidencia al observar los datos de la Cámara Chilena de la Construcción sobre metros cuadrados construidos para el período 1981-2001, expresados en el Mapa 1:

Mapa 1. Metros construidos en Santiago entre 1981-2001.
 
 
Fuente: elaboración propia.

En ellos se denota la predominancia de las comunas periféricas en lo que concierne al mercado de viviendas, que concentra algo más del 77% del total de metros cuadrados construidos. Tan sólo las tres comunas con mayor cantidad de superficie construida (Puente Alto, Maipú y Las Condes) alcanzan el 43% del total. De las comunas centrales, sólo Santiago y Providencia aparecen dentro de las 10 primeras comunas, con un 6,9% y 4,1%, respectivamente. Al respecto, cabe hacer la distinción entre mercado privado de viviendas y mercado de viviendas sociales, habiendo una clara diferenciación comunal entre ambos. Mientras el primero ha privilegiado el área oriente de la ciudad, y en algunos casos lo que se ha dado en llamar su área de "expansión natural" (comunas como Peñalolén hacia el sur y Huechuraba hacia el noroeste), en otras áreas, sobre todo del surponiente, la construcción pasa principalmente por el desarrollo de conjuntos habitacionales de vivienda social. Para no caer en descripciones simplistas, ya que el proceso es mucho más complejo, recomendamos revisar el trabajo de Ducci (2000) sobre expansión de Santiago, que establece distintas tipologías de vivienda según los territorios comunales de Santiago.

En el Mapa 2 es posible distinguir el proceso de crecimiento de Santiago entre los años 1940 y 1996, el cual da cuenta de las áreas de expansión:

Mapa 2. Crecimiento de Santiago en el periodo 1940-1996.

 
 
Fuente: elaboración propia.

Santiago ha alcanzado el año 2000 una superficie de 61.396 hectáreas, a razón de 1.338 hectáreas por año desde 1991 a 2000, creciendo un 24% (Ducci, 2004). En el Mapa 2 y Gráfico 1 es posible identificar la tendencia de crecimiento que se acentúa sobre todo a partir de la década del ‘50.

Los gobiernos democráticos han continuado las políticas liberales respecto al suelo urbano. Ejemplos de ello son la incorporación de las provincias de Chacabuco (en 1997) y luego de Melipilla, Maipo y Talagante al Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS), para permitir la construcción de megaproyectos inmobiliarios "autosustentables": tales son las llamadas ZDUC (Zonas de Desarrollo Urbano Condicionado). La última ampliación del límite urbano decretada por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, más la modificación del artículo 55 del Decreto con Fuerza de Ley Nº 458 de la Ley General de Urbanismo y Construcciones (1975), respecto a la construcción de viviendas de hasta 1.000 U.F. fuera de la ciudad de Santiago, han permitido también disponer de suelos baratos para la vivienda social. A lo anterior se adiciona la vigencia del Decreto Ley 3.516, que permite el loteo de predios agrícolas para fines agrorresidenciales.

No sólo la utilización residencial del suelo ha sido lo que ha expandido la ciudad; a causa de la prohibición de permanecer dentro del perímetro de la Circunvalación Américo Vespucio por la puesta en marcha del Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS) de 1994, establecida por motivos ambientales, muchas industrias debieron reubicarse en la periferia metropolitana, mientras otras se trasladaron voluntariamente para aprovechar la conectividad y accesibilidad dada por el mejoramiento de la red vial interurbana. Así, algunas comunas periféricas en el área poniente y sur (Quilicura, Pudahuel, Maipú y San Bernardo) presentan un porcentaje bastante importante de superficie construida con fines industriales en el período 1981-2001 (ver Mapa 1).

Las oficinas, en tanto, se localizan en forma de cuña desde la comuna de Santiago hacia el nororiente siguiendo el eje Alameda, Providencia y Apoquindo, de acuerdo a los datos ya mencionados de la CCHC y que se observan también en el Mapa 1 (esta configuración espacial es coincidente con lo visto en otras ciudades latinoamericanas). Otra de las comunas que presenta un alto porcentaje de construcción destinada a oficinas corresponde a Huechuraba, comuna del norte de Santiago donde se localiza la Ciudad Empresarial. Son estos sectores los que presentan mayor competitividad en la ciudad de Santiago y alojan los centros de gestión y comando corporativo de empresas nacionales y trasnacionales; por tanto, forman el estereotipo de la "ciudad en proceso de globalización", transformándose rápidamente en la postal de una ciudad financiera, moderna y conectada al mundo.

La expansión de estos usos se ha debido a la dispersión simultánea de servicios y redes urbanas, existiendo un correlato entre la desregulación de las normas de suelo urbano y los procesos de liberalización económica (Figueroa, 2004). Este es un proceso de larga data en Santiago, que se inició en el primer período de liberalización (1973-1982), el cual –bajo una política de cambio fijo y bajas tasas arancelarias- impulsó la importación de bienes, lo que produjo una importante expansión del comercio y los servicios financieros.

Uno de los sectores beneficiados por este correlato entre expansión urbana y de los servicios es el de los grandes establecimientos comerciales. En 1982 se inauguró el primer gran centro comercial de Santiago, el mall Parque Arauco, ubicado en la comuna de Las Condes. En la actualidad, la ciudad cuenta con 12 malls. Estos centros se ubican preferentemente en áreas de mayor poder adquisitivo, por lo que casi la mitad de ellos se han localizado dentro de la cuña de altos ingresos (nororiente de la ciudad)

La distribución del resto de los centros comerciales responde principalmente a criterios de accesibilidad, aprovechando para esto la circunvalación Américo Vespucio, y tal como se muestra en el Mapa 3, algunos se localizan en sectores considerados como populares y con bajos índices de desarrollo humano, pero que sin embargo, gracias a la gran cantidad de población, han posibilitado las áreas de mercado necesarias para la instalación de estos "artefactos de la globalización" (De Mattos, 1999). Sólo un mall se ha localizado dentro del centro, situación muy distinta a lo observado por Ciccolella (1999) para el caso de Buenos Aires, donde la mitad de los malls están en el centro (Capital Federal), principalmente por la cantidad de población y la permanencia de grupos de altos ingresos.


Mapa 3. Ubicación de malls en Santiago e Índice de Desarrollo Humano por comunas.

 
 
Fuente: elaboración propia.

La proliferación y posterior consolidación de este tipo de áreas comerciales demuestra el poder del mercado en la configuración de la ciudad, lo que no pudo lograr el Estado desde 1960, cuando en el Plan Regulador Intercomunal de Santiago se proponía la creación de 15 subcentros que atendieran la demanda de servicios de la periferia, para de esa manera "descomprimir" el centro. Esta idea fue rescatada en 1994 por el PRMS, esta vez con 11 subcentros de "propósitos y ubicaciones similares" (Greene y Soler, 2004), los cuales en su mayoría no se desarrollaron (con la sola excepción del "Paradero 14" de Vicuña Mackenna, en la comuna de La Florida). La gestión privada, orientada al mercado, y la transacción de bienes de consumo fueron más eficaces que la gestión racionalista del Estado, ya que además incorporaron otros servicios a los malls, en la medida en que éstos sirvieran a sus propósitos de aumentar sus visitantes. Así, en la actualidad, la incorporación de multicines, bibliotecas, centros de salud, salas de recitales, de teatro y de exposiciones de arte, son una norma casi obligada en el diseño de estas grandes áreas públicas, suscitando un amplio debate público en torno a su condición de nuevos espacios públicos2.

Ante las evidencias presentadas en este capítulo, pareciera conveniente comenzar a hablar de una expansión metropolitana tendiente a la consolidación de una ciudad sin confines. Pero, ¿qué tan aplicable es esto en una ciudad cuyos límites son tan precisos aún? A decir verdad, Santiago presenta barreras naturales que han dificultado su expansión (una Cordillera de la Costa que sobrepasa los 1.000 m.s.n.m., y la Cordillera de Los Andes al oriente, con altitudes sobre los 6.000 m.s.n.m.). Otro factor, no menos importante, es la relativamente baja tasa de motorización, en comparación a países industrializados y a países productores de automóviles.

Tercero, considerando que el gobierno militar no realizó grandes obras en materia de infraestructura de transportes –salvo reparar obras deterioradas-, y tomando en cuenta un escaso desarrollo en materia de telecomunicaciones –que hasta las privatizaciones de las empresas del sector y a la concesión del sistema multiportador en 1994 no mostró grandes avances (Sabatini y Arenas, 2000)-, una mayor expansión de la ciudad se vio dificultada. En el caso de la infraestructura vial, el sistema de concesiones creado por los gobiernos democráticos está por lograr una mejora sin precedentes en la conectividad urbana de Santiago con la próxima inauguración del sistema de autopistas urbanas, que se suma a la entrega por parte de Metro de la Línea 4 y la ampliación de las restantes líneas existentes.

Estas cuestiones han conspirado hasta el momento contra la mayor expansión de Santiago, siendo hasta ahora una ciudad relativamente compacta3. Ya han comenzado a aparecer megaproyectos inmobiliarios, como el citado Piedra Roja, que han vencido estas limitantes; a decir de algunos, estos proyectos significan una reconfiguración de la periferia por "saltos de oveja", provocando verdaderas ciudadelas separadas de la ciudad que amenazan con diluir los límites semiclaros de la actualidad.

Por lo anterior, es discutible la conveniencia de dar por sentada la existencia en Santiago de una ciudad difusa, dispersa, sin límites. Aunque es preciso considerar que se está en presencia de procesos que muy posiblemente en el corto plazo podrían dar esa condición ilimitada.

4.3. Estructura social de Santiago

Otro sector afectado por las reformas fue la vivienda social, que pasó de estar enfocada en subsidios dirigidos a la oferta a subsidios orientados a la demanda (Sabatini y Arenas, 2000). El sistema fue diseñado para incrementar la demanda de los pobladores y aumentar la ganancia de las empresas privadas encargadas de construir más rápido y más barato, y está hasta el día de hoy administrado a través de un sistema de puntajes orientado a otorgar los subsidios a la gente más pobre y con más preparación para ayudarse a sí mismos (Gilbert, 2004). Sus alcances en términos de cobertura de déficit de viviendas han sido exitosos (Ducci, 1997; Sabatini y Arenas, 2000) y lo han hecho digno de imitación en otros países (Gilbert, 2004).

Sin embargo, la realidad no ha sido tan benévola como sugieren las estadísticas de construcción de unidades habitacionales. La contracara de esta política de vivienda ha sido, por una parte, la mala calidad y habitabilidad de los conjuntos construidos, y por otra, la ubicación en la periferia mal equipada de la ciudad, conformando verdaderos guetos de pobreza (Ducci, 1997; Sabatini, 2001). La búsqueda de suelos baratos, así como la "limpieza" de terrenos ocupados ilegalmente y con alto valor inmobiliario ayudaron en la consolidación de un patrón de segregación a gran escala (Sabatini, 2000).

Buscando descentralizar la provisión de servicios, el gobierno militar procedió a efectuar una nueva división político-administrativa, de acuerdo a criterios de "áreas de homogeneidad social". La creación de aglomeraciones de pobreza, además de aumentar la distancia social, han tendido a la generación del "efecto gueto", provocando síntomas de desintegración social y creación de estigmas territoriales (Sabatini et al., 2001), así como una importante incidencia en los niveles de inseguridad asociados a la delincuencia y las economías de la droga.

Los efectos socioespaciales de estas políticas de vivienda desarrolladas en Santiago se pueden observar en el Mapa 3, que muestra el Índice de Desarrollo Humano (PNUD/MIDEPLAN, 2000). En él se observa una concentración de los valores altos4 en la zona nororiente, ocupando las comunas de Vitacura, Las Condes, Providencia, La Reina, Ñuñoa y Santiago y La Florida en el sur. Como contraposición, se observa una concentración de los valores más bajos en el área nororiente (Renca, Independencia, Huechuraba, Quilicura, Pudahuel, Cerro Navia) y sur de la ciudad (La Pintana, San Bernardo San Joaquín, Lo Espejo, Pedro Aguirre Cerda, entre otras). Los valores medios se concentran en el área poniente, especialmente en las comunas de Maipú, Cerrillos, San Miguel y Lo Prado; en el sector central (Macul y La Cisterna) y en el sur, en la comuna de Puente Alto.

Sin embargo, al mismo tiempo que la construcción de vivienda social por parte de empresas privadas genera aglomeraciones de pobreza en la periferia mal servida, algunos desarrollos inmobiliarios para clase media y media alta han tendido a disminuir en algunos casos la distancia espacial entre algunos grupos sociales (eso sí, no entre los quintiles más extremos). Ejemplo de esto son las comunas de expansión natural del cono de altos ingresos, como Peñalolén y Huechuraba, donde sectores de reconocido origen social han sido testigos de la llegada de urbanizaciones del tipo condominio para clases medias y media-altas. También en La Florida o Puente Alto se repite la escena, pero con urbanizaciones de menor estándar. La llegada de grupos sociales de mayores ingresos a estos barrios antes populares supone para estos últimos un enriquecimiento de su dotación de servicios y equipamiento y una disminución de la escala de la segregación, más allá de las vallas de cerramiento y de las distancias sociales aún persistentes (Cáceres y Sabatini, 2004).

Otro factor importante en la configuración de la nueva estructura social de la ciudad es el avance de los sectores terciarios y el declive del empleo asociado a la producción fordista (Riffo, 2004). De acuerdo con este autor, fenómenos relacionados como la precarización y la flexibilización laboral están teniendo efectos socioespaciales tendientes a la dualización, o a patrones de segmentación más complejos que los observados en la época industrial.

Entonces, es pertinente discutir la conveniencia de aplicar los conceptos de dualización o fragmentación. En primer lugar, desde el punto de vista social, es cierto que la distribución de la riqueza en Chile es una de las más desiguales del mundo. "En Chile, el 20% más pobre de la población recibe sólo el 3,3% de los ingresos totales del país, mientras el 62,6% los recibe el 20% más acaudalado, de acuerdo a las cifras del World Development Report 2005, elaborado por el Banco Mundial. En comparación con otros países, esto es aún más revelador: Chile está entre los 10 países del mundo en que el ingreso está más concentrado en el quintil más rico" (El Mercurio, 25 de octubre de 2004). La afirmación da pie para afirmar que en Chile existe una dualización del mercado laboral, de la sociedad, del acceso al mercado de consumo, etc. Pero no es menos cierto que en Chile se da también una de las más vigorosas clases medias5 de Latinoamérica, con un 69,8% de las personas, sólo superado por Uruguay (79,8%) y Costa Rica (71,6%), de acuerdo a la Asociación de Exportadores de Manufacturas (ASEXMA Chile) (El Mercurio, 25 de octubre de 2004).

¿A que viene esto? Primero, porque aunque discutibles, estas cifras vienen a desestimar la existencia en Chile de una estructura social tipo "reloj de arena", cuestión primordial en el establecimiento de una ciudad dual; y segundo, porque esta ingente clase media actúa como un verdadero integrador social en el espacio. Si tomamos en cuenta que la segregación residencial está referida a la distancia espacial entre distintos grupos sociales (Sabatini et al., 2001), en este caso socioeconómicamente definidos, se está dejando de lado a la clase media, la cual está presente en toda la ciudad en mayor o menor medida. Para ilustrar esta aseveración recomendamos acudir al mapa socioeconómico de Santiago a nivel de manzanas, elaborado por la empresa de investigaciones de mercado Adimark6. En él es posible observar la dispersión de las clases medias en Santiago siguiendo al menos dos tendencias de relevancia: (a) el cono tradicional de altos ingresos, hacia el oriente; y (b) ejes viales como Vicuña Mackenna, Gran Avenida, Camino a Melipilla, y hacia el Norte en un eje menos claro. Mientras, las clases medias bajas comparten con los grupos más pobres la periferia de la ciudad. Esto da cuenta de una distribución de los grupos socioeconómicos más fragmentada y compleja que lo que supone una distribución en una ciudad dual.

En segundo lugar, y relacionado con el planteamiento anterior, las clases medias ayudan a disminuir los efectos adversos de la segregación residencial, al justificar la inversión en servicios y redes urbanas, y fomentando la instalación de centros de consumo. Así, estimulan el ascenso social de los más pobres cambiando su "geografía de oportunidades", es decir, otorgándoles oportunidades laborales y exposición a otros grupos sociales (Katzman, 2001). Es lo que ha sucedido con la instalación de malls en sectores periféricos y no precisamente ricos del AMS, como Puente Alto, Huechuraba, Cerrillos o Maipú, que se explican, además de las mejoras en infraestructura vial, por la llegada de clases medias –por lo general con clara tendencia al consumo aspiracional- a esos sectores, antes habitados por sectores populares. Representan también oportunidades en el empleo doméstico (jardinería, mantención, entre otros).

De esta manera, más justificado que hablar de una ciudad dual a là Castells, nos parece más adecuado hablar de una ciudad fragmentada o fractalizada, a decir de Soja (2000 y 2003). Éste señala que en este escenario de cada vez mayor distancia social (ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más desfavorecidos), el resultante no es una ciudad del par "ricos" y "proletarios", sino otra donde se flexibilizan las categorías sociales, donde desaparece la ciudad preestablecida y jerarquizada durante la época desarrollista, sustituyéndose por una ciudad de paisaje socioeconómico más complejo, caleidoscópico.

En esta afirmación es importante destacar la escala de análisis, por cuanto dependiendo del nivel de medición, los resultados estadísticos pueden hacer variar la segregación (Modifiable Areal Unit Problem, Wong, 1997). Sin embargo, es muy posible que cuando se den disminuciones estadísticas de los índices de segregación aun sólo en algunas comunas receptoras de proyectos inmobiliarios del tipo condominios cerrados, esto repercuta en un descenso promedio de los índices de segregación a nivel de ciudad. Sin embargo, la prudencia obliga a desarrollar en el futuro investigaciones que permitan tener conclusiones claras al respecto.

Aun cuando es indudable la polarización de la estructura social producto de los cambios en el mercado laboral, nadie puede dudar que modelos de ciudad precedentes eran también escenarios de profundas distancias sociales, que tenían un correlato espacial tal vez mayor que los supuestamente producidos por la globalización (no olvidemos la clara delimitación entre la ciudad ordenada y moderna, de "estilo europeo", y los arrabales, en tiempos de Vicuña Mackenna). En un sentido espacial, la globalización del sector inmobiliario está complejizando el panorama social a través de la "democratización de los barrios altos", incluyendo en sus proyectos a los sectores medios una vez agotado el nicho de mayor ingreso, y mediante la colonización de sectores populares a través de la venta de proyectos de grandes condominios que han comenzado a re-dibujar en algunos municipios de Santiago la geografía social de la ciudad, acercando físicamente a los diferentes grupos que componen la sociedad de la capital chilena (Hidalgo et al., 2003), aunque esto no necesariamente signifique mayor relación entre esos grupos. En suma, la visión espacialista es clave para no adscribir a la tesis de la dualización de Santiago producto de la reestructuración, y sí hacerlo con la de la complejización del paisaje social, de la fractalización de Santiago.

5. Discusión final

En primer lugar, nos gustaría discutir acerca del fenómeno de dispersión-concentración, el cual consideramos clave para entender el funcionamiento espacial del nuevo modelo de acumulación capitalista. Este fenómeno no solamente se desarrolla a una escala global, como afirma Sassen (2003: 7): "La dinámica simultánea de dispersión y concentración geográfica es uno de los elementos centrales en la arquitectura organizacional del sistema económico global". En este sentido, creemos que el fenómeno también se aplica a nivel intrametropolitano, y se origina gracias a la búsqueda de eficiencia y cuotas de mercado. De esta manera, en términos generales, las actividades que se desarrollan al interior de la ciudad (vivienda, comercio y esparcimiento y trabajo) se dispersan, pero esta dispersión se realiza a nivel local concentradamente, buscando obtener los beneficios de las economías de aglomeración. Éstas pueden ser economías de hogar, economías de la actividad comercial y economías sociales. Los malls y grandes centros comerciales son un ejemplo de estas economías y del fenómeno de dispersión y concentración, pero también podríamos decir que los condominios cerrados y la formación de los núcleos empresariales responden al mismo fenómeno, e incluso la construcción de viviendas sociales (con todos los problemas que origina).

Entonces, es posible afirmar que el fenómeno de dispersión y concentración es clave para la geografía del capitalismo y se aplica tanto a nivel global (formación de la red mundial de ciudades jerarquizadas) como a nivel metropolitano (formación de economías de aglomeración).

Según las definiciones revisadas de "ciudad global", y tomando en cuenta los análisis de la posición de Santiago en las mediciones internacionales (De Mattos, Fuentes y Sierralta, 2004), es posible confirmar que Santiago cumple con los requisitos como para clasificarse como una ciudad tocada por la globalización.

Sin embargo, y tal como se verá en el desarrollo de esta discusión, Santiago presenta una serie de particularidades que la hacen distinta del resto de las ciudades; por tanto, es importante aclarar algunas de estas diferencias. Como afirma América Economía (2004), el éxito internacional de Santiago se debe al éxito del país más que a la gestión de las autoridades de la ciudad; por lo tanto, quizá no sería extraño pensar que Santiago, más que una "ciudad global" o globalizada, es la capital de un "país global", que se encuentra en un proceso creciente de internacionalización de sus relaciones comerciales gracias a la firma de acuerdos de libre comercio con escalas supranacionales y nacionales como la Unión Europea, Corea del Sur y Estados Unidos. ¿Será lo mismo ser una ciudad global que la ciudad capital de un país globalizado?

A este respecto, creemos pertinente revisar algunos de los conceptos teóricos de Brenner (2003: 32), que pueden darnos luces acerca de esta interrogante. Éste afirma que "la formación de la ciudad global no puede ser adecuadamente entendida sin un examen de las cambiantes matrices de la organización del Estado nacional dentro de la cual ocurre. Mientras que las ciudades operan crecientemente hoy como nodos urbanos dentro de una jerarquía urbana mundial, los Estados nacionales están auto reestructurándose en orden a establecer nuevos marcos institucionales sub-nacionales para promover la competitividad global de sus ciudades y regiones principales".

En el caso de Chile, por ejemplo, es el Estado nacionalmente escalado el que concentra gran parte de las competencias sobre las ciudades (desarrollo económico, social y urbano); de esta manera, las decisiones de política de vivienda, transporte e infraestructura son tomadas a esa escala. En términos de planificación urbana las decisiones están más descentralizadas. Recién hace casi una década se han generado mecanismos de coordinación de los representantes ministeriales en la regiones (Secretarías Regionales Ministeriales) a través de la creación de los Gobiernos Regionales, y hoy se encuentran en trámite algunas reformas tendientes al aumento de legitimidad (mediante la elección directa de los consejeros regionales, ya que actualmente son elegidos por un sistema indirecto) y poder de decisión sobre inversiones en la región.

A pesar de la escasa flexibilidad que la administración pública entrega actualmente a las autoridades de la región para la promoción de la ciudad y la asociación con privados, el Gobierno Regional de Santiago se encuentra desarrollando algunos proyectos para mejorar la competitividad de la ciudad, bajo el marco de la Actualización de su Estrategia de Desarrollo Regional (EDR). Dentro de sus objetivos está la ejecución de varios proyectos, como por ejemplo convertir a Santiago en capital universitaria, centro de negocios, capital de salud y de ferias y eventos. Para esto, a nivel local se está realizando la construcción de un recinto ferial y la generación del programa "Santiago Capital Universitaria", en asociación con las universidades públicas y privadas de la región.

Entonces, aunque para muchos pueden sonar como lo mismo (ciudad global o ciudad capital de un país global), creemos importante señalar estas diferencias y aclarar que la formación de la ciudad global, en el caso de la capital chilena, no ha erosionado el poder del Estado como afirman algunos autores, sino más bien el Estado se reestructura acomodándose a la función de las nuevas escalas de acumulación del capital.

En cuanto a la forma de la ciudad, el proceso que sustenta el concepto de ciudad difusa tendría como denominador la desconcentración de las redes jerárquicas heredadas, provocadas por los fenómenos de la periurbanización, así como –y sobre todo- por la difusión de la urbanización del territorio (Dematteis, 1998). Entonces, en épocas de la difusión de la urbanización en prácticamente la totalidad del territorio, en la era de la ciudad difusa, ¿es posible, definir, reconocer y delimitar la ciudad?

En respuesta a este tipo de interrogantes para el caso de Santiago, De Mattos (1999: 54) afirma que "en definitiva el conjunto de cambios producidos en este período no implican ninguna ruptura fundamental con la ciudad heredada y parecen estar perfectamente funcionales a la afirmación de los cimientos establecidos en el pasado. Esto por cuanto las políticas de liberalización y desregulación permitieron remover los obstáculos con los que las políticas keynesianas habían intentado frenar la expansión; de esta forma, la mancha urbana ha podido seguir avanzando hacia la configuración de una suerte de archipiélago urbano central".

Si bien la tendencia a la expansión es clara en Santiago (aunque no una característica exclusiva sólo de este período –ver Geisse, 1986, y Hardoy, 1991), respecto a la delimitación física creemos necesario señalar que la ciudad podría ser considerada aún como una ciudad relativamente compacta con una tendencia hacia la dispersión tentacular, siguiendo las autopistas interurbanas, asemejándose a una ciudad en forma de estrella. Las causas del tal fenómeno se deben principalmente a dos hechos: la geografía de la cuenca de Santiago, y la falta de infraestructura intraurbana, que recién ahora se está construyendo, en una segunda fase del programa de concesiones viales. Debido a esto último, Santiago debe considerarse como una ciudad en profunda transformación, quizá la más importante de su historia por la magnitud de los cambios y por la profundidad que pueden alcanzar los fenómenos de dispersión, configurando en definitiva una nueva geografía urbana.

Desde el punto de vista de la política urbana, estas transformaciones pretenden ser manejadas reconociendo la tendencia a la expansión a través del desarrollo ZDUC. Con esto se traspasa directamente a las empresas inmobiliarias la tarea del equipamiento y la infraestructura de estas zonas, generando "ciudadelas" autosuficientes en términos de consumo de bienes y servicios, pero profundamente dependientes de los centros tradicionales en la demanda por trabajo. La otra ciudad, la de los pobres, crece intensamente también hacia los bordes (se dispersa), pero fuertemente concentrada (los tamaños de los proyectos son cada vez más grandes).

Respecto al funcionamiento urbano, si bien reconocemos la tendencia de la ciudad hacia la formación de redes constituyendo una estructura policéntrica, también creemos necesario analizar la ciudad bajo diversas dimensiones antes de aceptar totalmente tal afirmación.

Desde el punto de vista habitacional, es posible aceptar que la ciudad funciona bajo un estructura policéntrica, ya que la oferta de viviendas privadas7 se encuentra bastante dispersa sobre la ciudad, salvo el caso de algunas comunas que poseen gran cantidad de población en condición de pobreza, y por tanto no son atractivas para la llegada de nuevos residentes.

Desde la dimensión del consumo y servicios básicos, creemos que Santiago también tiene una estructura policéntrica compuesta por subcentralidades en formas de núcleos, arcos y corredores (Greene y Soler, 2004), que se densifica hacia el oriente, ya que constituye un área de mercado con un mayor poder adquisitivo.

Desde la perspectiva del mercado del trabajo, quizá uno de los elementos más importantes a la hora de definir una centralidad, creemos que la ciudad de Santiago funciona en términos generales con una estructura monocéntrica, con forma de cuña desde el centro fundacional hacia el oriente.

Por tanto, se hace difícil aceptar que la estructura policéntrica (en todo el sentido del concepto) pueda ser una característica actual de la ciudad de Santiago, ya que –al contrario de la ciudad sin centro por antonomasia, Los Ángeles-, los centros de las decisiones públicas (administración pública nacional y regional) y privadas (financiera y empresarial) siguen estando fuertemente concentradas en la cuña central. Sólo las 90 manzanas que componen el triángulo fundacional atraen un tercio de los 16 millones de viajes que se generan diariamente en un día laboral en la ciudad (Greene y Soler, 2004; EOD, 2001). No obstante, en los últimos diez años se ha producido una importante migración de grandes grupos empresariales y estudios de abogados a un sector de 8 manzanas en los barrios de El Bosque y El Golf en la comuna de Las Condes, que forma parte de la cuña descrita anteriormente.

Se reconoce que actualmente existe un proceso inicial de dispersión concentrada intrametropolitana de algunas empresas, formando pequeños núcleos como la "Ciudad Empresarial" en la comuna de Huechuraba, y ENEA en Pudahuel (hacia el poniente), dos localizaciones que se caracterizan por su buena conectividad con el aeropuerto internacional. Sin embargo, creemos que esta tendencia no es tan importante aún como para caracterizar a Santiago como una ciudad con un funcionamiento policéntrico.

Al igual como el caso del análisis acerca de la forma de la ciudad, la infraestructura que se construye actualmente puede ser la causa de una transformación profunda de la estructura de funcionamiento que hemos intentado describir. Es posible que se intensifique el proceso de dispersión-concentración de las empresas a nivel intrametropolitano, que se ha iniciado con los dos casos anteriormente descritos, y Santiago termine mutando hacia una ciudad con un funcionamiento policéntrico en todas las dimensiones (habitacional, consumo y trabajo).

También es necesario, desde nuestro punto de vista, poner en duda la visión maligna que se tiene de la globalización en cuanto a la dualización de la ciudad, tal como lo describe Castells, apelando más bien a una estructuración fractalizada o fragmentada de acuerdo a lo expresado por Soja, más compleja y con mayor cantidad de espacios de borde. La globalización actual no es culpable del patrón de segregación a gran escala, común en las ciudades latinoamericanas; poniéndonos en el extremo, podríamos decir que Santiago ya era polar en tiempos de Vicuña Mackenna y de su segregación física mediante el "camino de cintura". Ese tipo de ciudad sí tenía una marcada diferenciación espacial entre ricos y pobres.

En esta misma dirección, hacemos foco también en el hecho de la necesidad de abordar este tema atendiendo al asunto de la escala. Si comparamos mapas a distintas escalas, se pueden observar diferencias ostensibles. Obviamente, la sola mirada al mapa a nivel de comunas nos dará la errada imagen de algunas comunas homogéneas, sin mixtura en su interior.

 

Notas

*** Los autores agradecen los comentarios y sugerencias de Carlos de Mattos y Diego Campos.

1"Ciudad Dual", Castells y Mollenkopf (1991); "Ciudad Fragmentada", Janoschka (2002); "Ciudad Difusa", Nel.lo (1998); "Ciudad sin Límites", Dematteis (1998); "Ciudad Informacional", Castells (1989); "Exópolis", Soja (1991); "Ciudad Global", Friedmann y Wolf (1982) y Sassen (1991).

2Ver Salcedo (2002).

3Entendemos el concepto de compacidad como la relación entre área y perímetro de un cuerpo bidimensional. A mayor compacidad, mayor es la igualdad en la distancia desde todos los puntos del perímetro al centro del cuerpo.

4Tan altos como los valores de países desarrollados europeos, como España, Alemania, Italia o Francia, mientras los valores más bajos son comparables a Vietnam o Angola.

5Definida como aquellas personas que perciben entre 1.100 y 10.000 dólares anuales.

6Disponible en www.adimark.cl

7Según Fishman (1990), en la ciudad moderna el hogar representa el lugar central para los miembros de cada familia.

 

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Enviado el 15 de marzo de 2004, aprobado el 3 de noviembre de 2004.