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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  n.40 Valdivia sep. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132005000100002 

 

ESTUDIOS FILOLOGICOS 40: 29-48, 2005

 

Literatura chilena: canonización e identidades*

Chilean literature: canonization and identities

 

Iván Carrasco M.

Universidad Austral de Chile, Instituto de Lingüística y Literatura,Valdivia. e-mail: icarrasc@uach.cl


Este trabajo expone los principales problemas y fundamentos teóricos de la literatura chilena concebida como resultado de procesos de canonización relacionados con procesos de construcción de identidades y propone la existencia de dos clases de espacios de escritura: la literatura canonizada y la literatura marginal, representada por tres manifestaciones de carácter intercultural: la poesía etnocultural, la literatura del exilio y la escritura de inmigrantes.

Palabras clave: literatura chilena, procesos de canonización, identidades.

This paper exposes the main problems and theoretical foundations of the Chilean Literature conceived as result of canonization processes and proposes the existence of two writing spaces: the canonized literature and the marginal literature, represented by three intercultural manifestations: the ethnocultural poetry, the literature of exile and the writing of the immigrants.

Key words: Chilean literature, canonization processes, identities.


1. FUNDAMENTOS

Lo que reconocemos como "literatura", desde una perspectiva lingüística, es una serie de textos válidos exclusivamente por rasgos verbales artísticos propios, ahistóricos, universales, o una función poética inmanente al lenguaje. Pero, desde una concepción semiótica de literatura como hecho textual determinado en una institución y un campo literario específicos, es un conjunto de textos con ciertas características formales, genéricas, estilísticas y temáticas, canonizados como literarios mediante procesos socioculturales de semiotización realizados en el marco de una institución literaria determinada en un momento histórico específico. Estos procesos de discriminación, selección y exclusión de textos tienen como uno de sus resultados la confección de las nóminas de autores y textos reconocidos como literatura oficial -o canónica- que se usan de modo preferente en la educación y la industria cultural y se desarrollan de modo específico en cada comunidad cultural (Mignolo 1978; Van Dijk 1995; Bourdieu 1995; Brioschi y Di Girolamo 1988; Sullá 1998; Bloom 1995; Pozuelo 2000; González 1993).

Desde esta perspectiva, surgen nuevas preguntas relativas a los procesos de literaturización de ciertas clases de texto, sobre quiénes, dónde, cómo, por qué, para qué han determinado estos tipos de discurso para constituir la "literatura", los criterios usados para discernir la selección de autores, tendencias, momentos y obras claves, sus relaciones con las axiologías, experiencias, imaginarios culturales y, con ello, la construcción o anulación de determinadas formas de identidad que están en la base de sus contextos.

Estos problemas configuran un objeto de estudio complejo, la interacción entre los distintos procesos de canonización literaria y de formación, rechazo o transformación de identidades que operan en cada momento histórico, pues, tal como lo ha afirmado Sullá, el canon de una literatura determinada "sirve de espejo cultural e ideológico de la identidad nacional, fundada, en primer lugar, en la lengua" (1998: 11).

En la sociedad chilena, los conceptos que han definido los componentes de lo que se considera literario son, en lo principal, los mismos de la literatura española y europea, que se reproducen, imitan, modifican y hasta inventan, aunque sin transformar el sistema literario. Esta conceptualidad, aprendida de Europa y adaptada por escritores y estudiosos, ha sido aceptada con escaso análisis o discusión teórica, ya que, por lo general, se ignora, se oculta o no interesa saber quiénes los deciden y controlan, y cuáles son los valores, criterios o experiencias que han fundamentado la conformación de nuestro sistema literario.

La idea dominante en nuestra doxa es que la cultura chilena y, por ende, la literatura, es de origen y carácter europeo, apenas modificada por escasos factores étnicos, lingüísticos e históricos. Por ello, predomina el concepto de literatura como un tipo de discurso de orientación estetizante, homogeneizante y universalista, y explica por qué nuestra escritura letrada ha dejado de lado las expresiones indígenas y populares, en otras palabras, las etnoliteraturas, el folklore literario y las llamadas subliteraturas o literaturas masivas, lo que obviamente implica privilegiar ciertos contenidos socioculturales e identitarios en desmedro de otros.

A pesar de que algunas veces se han incluido en algunas antologías textos particulares de carácter folklórico o de autores prestigiosos del canto y la versificación popular, como Violeta Parra, por ejemplo, aunque reducidos a poemas o cuentos convencionales mediante su adaptación a las reglas del canon mediante la eliminación de sus rasgos musicales, rítmicos, lúdicos incluidos en sus contextos, lo normal es que en las selecciones, comentarios y estudios sólo se incluyan textos aprendidos de los paradigmas estilísticos, genéricos, lingüísticos e incluso temáticos de los modelos europeos. Parece que la orientación generalizada mantenida a través de los años es la búsqueda de una manifestación verbal que se parezca lo más posible a la literatura considerada universal, o sea, a la peninsular primero, a la europea luego, y ahora a la internacional derivada de la globalización.

En los márgenes de esta corriente principal, en nuestros procesos literarios han aparecido movimientos de búsqueda o recuperación de valores regionales, autóctonos o localistas, como el mundonovismo y el criollismo, por ejemplo, además de algunas definidas fuerzas anticanónicas como los movimientos de vanguardia, la antipoesía o la poesía etnocultural, pero también asociados de una u otra manera al canon europeo. Por otra parte, también han aparecido diversas obras literarias asistémicas, como las novelas de Enrique Lihn y de Armando Méndez Carrasco o los cuentos de Alberto Edwards entre otras. Pero, sin duda, el desarrollo de la literatura intercultural, sobre todo en su dimensión etnocultural, constituye el mecanismo fundamental de modificación de los factores y procesos de construcción del canon literario y cultural contemporáneo y de los procesos identitarios concomitantes.

Sabemos que la identidad es algo discutido, variable, que se reconstruye y redefine en forma permanente. De acuerdo a Rorty, las identidades son objetos creados por el discurso, carecen de substancia, "entidades que sólo existen según las formas como hablamos de ella (...), las identidades y sus signos están "entre nosotros" al modo en que lo están todos aquellos sentidos que hacemos existir -o mantenemos y transformamos- por medio de conversaciones, textos, producciones discursivas y comprensiones" (Brunner s/f : 191). Goffman reconoce la existencia de identidades personales y sociales, las que permiten que cada individuo llegue a ser conocido como una persona única por los demás, y las otras que representan la categoría de persona que somos y el complemento de atributos que se perciben como comunes y naturales en los miembros de cada una de esas categorías (Id.: 193-4).

Aquí entenderemos la identidad, de modo operacional, como una modalidad de ser, de existir y de representarse, peculiar de una persona, grupo o comunidad humana, que ha conseguido un cierto grado de unidad por el efecto de factores biológicos, históricos, culturales y ambientales determinados, y que ha codificado su autoconciencia mediante ciertos términos o imágenes que las distinguen de entidades análogas. Considerando la identidad como un proceso social de construcción y no una esencia innata, Larraín propone que los elementos constitutivos de la identidad son tres. El primero es la cultura, pues todas las identidades personales están enraizadas en contextos colectivos culturalmente determinados, en que comparten ciertas categorías sociales como religión, género, clase, etnia, profesión, sexualidad, nacionalidad, que contribuyen a especificar al sujeto y su sentido de identidad. La idea de identidades culturales surge del hecho de que cada categoría compartida es una identidad cultural. Durante la modernidad, las identidades culturales de mayor influencia en la formación de identidades personales han sido las de clase y las nacionales. El segundo es el elemento material, que incluye el cuerpo y otras posesiones que entregan al sujeto elementos vitales de autorreconocimiento. A través del aspecto material, la identidad puede relacionarse con el consumo y con las industrias tradicionales y culturales, pues producen mercancías y bienes de consumo, tanto materiales como formas de entretención que se adquieren en el mercado. Cada compra o consumo es un acto que satisface necesidades y un acto cultural en la medida en que constituye una manera culturalmente determinada de comprar o consumir mercancías. El tercer elemento es la existencia de "otros", en dos sentidos: aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos, y la existencia o invención de otros con respecto a los cuales nos diferenciamos y adquirimos un carácter distintivo y específico, además de una concepción de nosotros mismos. Cada sujeto se define en términos de cómo lo ven los otros, pero sólo considera para la construcción y mantención de su autoimagen las evaluaciones significativas para él. Sonia Montecino ha escrito que hablar de identidades "es comprenderlas como procesos incesantes de identificación (soy igual a) y de diferenciación (soy distinto a), y que las fronteras de lo propio y de lo ajeno son siempre porosas" (2003:20).

La pregunta por la identidad de un pueblo, nación o sociedad se ha planteado en singular durante mucho tiempo, como si existiera solamente la posibilidad de conformar una identidad única, que por lo general se piensa también estable y definida. Desde puntos de vista pluralistas y menos etnocentristas, en la actualidad existe la tendencia a reconocer identidades plurales, incluso indefinidas, inestables o soñadas desde diversas utopías religiosas, sociales o políticas. En Chile se reconoce la existencia de comunidades y grupos diferenciados que dan origen a identidades socioculturales definidas (Cartografía Cultural de Chile (1999), las que se ven representadas en la literatura del país. En ésta no aparece una sola identidad sino identidades diferentes, variables e incluso opuestas, como puede verse en la imagen de la Quintrala desde Magdalena Petit hasta Mercedes Valdivieso, por ejemplo. La identidad chilena en su literatura no puede sino considerarse ambivalente y vacilante, pues no se mantiene un mismo tipo en distintos personajes, o se presentan seres indefinidos, como los protagonistas de los relatos de María Luisa Bombal, por ejemplo.

Desde esta perspectiva, las identidades constituyen uno de los aspectos básicos de la cultura de una sociedad, y por ello se manifiestan a través de los lenguajes o sistemas de modelización primarios y secundarios de ella (Lotman 1984: 17-23), vale decir, la lengua natural y la literatura; la última ocupa un lugar central en la cultura porque es el arte del lenguaje verbal derivado de la lengua, pero que incluye otros elementos de orden estético y contextual, como la escritura, el ritmo, la eufonía, las connotaciones, la ficción, conformados según las convenciones y reglas artísticas de cada época y sociedad.

En relación con esta situación de pluralidad y vaivén identitario de la literatura chilena, se puede concebir la existencia no sólo de un canon dominante a través del tiempo, sino de cánones paralelos que han intentado quitarle fuerza, sobrepasarlo e incluso reemplazarlo. No podemos olvidar que la literatura del movimiento intelectual de 1842 constituyó un programa completo de ruptura con el canon de la literatura española; que la literatura nacionalista llamada criollismo encontró la fuerte oposición del movimiento imaginista, que la poesía de vanguardia se opuso a toda la literatura existente, como asimismo la antipoesía, y que la incorporación de escritores mapuches, exiliados y migrantes en la institución y el sistema literario del país han puesto en crisis la orientación europeizante del canon (I. Carrasco 2000 y 2005).

Los procesos de selección y acreditación del corpus que constituye la literatura chilena, y la conformación de los cánones que los rigen, se desarrollan en interacción con los procesos de construcción identitaria de la sociedad, que es uno de los principales valores que intentan legitimar; ellos son el objeto de una investigación mayor en curso que desarrolla los problemas esbozados anteriormente, considera momentos clave de transformación de la literatura chilena, de explicitación de metalenguas y de conceptos identitarios (como el movimiento intelectual de 1842, el período de las literaturas de vanguardia, el Frente Popular, la Unidad Popular, la dictadura militar, etc.) en las historias literarias, antologías poéticas, etc.

El presente trabajo consiste en la exposición de algunos aspectos, temas y conceptos básicos que sirven de base a la investigación, destacando los procesos de canonización, el carácter heterogéneo del campo literario formado por dos sectores asimétricos y parcialmente superpuestos, la literatura canónica y la marginal o invisibilizada, y diversas conexiones entre literatura e identidad.

2. CÁNONES Y PROCESOS DE CANONIZACIÓN

La diversificación, aceleración y multiplicación de los medios técnicos, económicos e intelectuales de publicación de textos, en formatos de libro, revista, disco, instalación, etc., la simultaneidad y pluralidad de distintos grupos e instituciones de conocimiento y opinión, la profesionalización en niveles de pre y postgrado de los profesores de literatura, bibliotecarios y periodistas culturales, el debilitamiento de la autoridad crítica y editorial centralizada, el aumento de lectores por causa del acrecentamiento de los índices de alfabetización, etc., han provocado una compleja situación desde fines del siglo XX: el aumento de la cantidad de libros y lectores ha hecho casi imposible el acceso a todos los autores y textos y, con ello, aumentado la dificultad de seleccionar lo que se debe leer y enseñar en los hogares y en los distintos niveles educacionales. Esto ha recalcado la importancia de la noción de "canon" en cuanto instrumento de discriminación y selección de autores y tipos de literatura, junto a la necesidad de contar con criterios seguros, estables y comunes de discriminación de géneros o tipos textuales (literarios, históricos, informativos), de valoración de la calidad artística de textos homogéneos y heterogéneos, de distinción de la vigencia u obsolescencia de los mismos, de su valor para educar, etc.

Todo texto, para tener sentido, necesita ser autorizado, validado, avalado, por alguien o por algo: un autor, una comunidad de discurso, una empresa editorial, un referente semántico o empírico, una actividad normada -como la ciencia, la literatura, la filosofía-, un género triunfante, en otras palabras, por algún tipo de canon. El texto es una entidad virtual que necesita realizarse por medio de la oralidad, la escritura, la existencia informática o un soporte no verbal para que los usuarios puedan comunicarse entre ellos, con la naturaleza, lo sagrado, los objetos y sus propias conciencias.

Lo que reconocemos, proponemos o usamos como texto literario o verbal artístico carece de un ser definido, porque es una creación cultural cuya condición depende de la función que se le atribuya en el uso social: literatura como ficción, conocimiento, compromiso, oración, denuncia, etc. Con mayor razón necesita ser justificado ante un eventual lector para ser usado en forma adecuada, es decir, desambiguado estéticamente, interpretado mediante la participación de un tipo de lector y un modo de lectura que cooperen con su programa generativo (Eco 1981). Y por ello requiere una metalengua, teoría o poética, que le confiera temporalmente una entidad definida (Mignolo 1978).

Los textos literarios son engañosos: parecen estables y definidos, pero en realidad varían según cada lector y lectura, e incluso son fácilmente anulables: basta con cerrar el libro, el oído, la mente, apretar una tecla en el computador, para que desaparezcan. Por esta necesidad de acreditación, de garantía exógena, los textos literarios inventan sus propias justificaciones y autovalidaciones, tales como manifiestos, prólogos de autor, poemas de elogio, etc., donde exponer su proyecto de sentido, incluso de referencias o de autoexégesis, como en el Quijote. Pero también debido a la ausencia de un referente obligatorio, los textos literarios pueden asumir la libertad de no depender de un objeto determinado, lo que les permite investigar la variedad de experiencias, mundos y dimensiones misteriosas o enigmáticas de lo humano, abrir las puertas a la irrealidad, la contradicción, la paradoja, el sin sentido, etc. Y, por ello mismo, exigen un canon que los defina y los sitúe en la historia de la cultura.

Los escritores que tienen como proyecto transformar la literatura de su tiempo conforman metalenguas de combate contra la literatura canónica, y aquellos que lo han logrado sin proponérselo, lo hacen a posteriori para justificar y explicar su diferencia. Cuando así sucede, algunos representantes o admiradores de la literatura establecida restablecen los principios fundamentales de aquella literatura, produciéndose polémicas que ponen en juego cánones literarios distintos, tal como ha sucedido en la controversia literaria y filológica de 1842, en la polémica del criollismo y el imaginismo, o en la "guerrilla literaria" de Neruda, Huidobro y de Rokha (Zerán 1992).

Los textos autorreflexivos, la paratextualidad, el discurso metalingüístico, por lo general son proposiciones de literaturidad y, por tanto, de canon, pues contribuyen a que la institución literaria les atribuya con mayor seguridad una condición estética a los textos marcados con esta connotación mediante el proceso de semiotizarlos como textos de una determinada calidad.

Así como la textualidad metadiscursiva constituye la legitimación autorial de un texto, la canonización forma parte de los procesos socioculturales de semiotización de alguna clase de texto como literario, pues contribuye a situarlo en un espacio definido del circuito textual, de la historia del arte, de la lengua y la cultura de la época, a ratificarlo como objeto semiótico, a otorgarle una existencia definida entre los objetos artísticos.

El canon literario, como ha sintetizado Sullá (1998), es una lista o elenco de obras consideradas valiosas y dignas por ello de ser estudiadas y comentadas; esto supone que existen obras de mayor calidad estética o de otro tipo que merecen ser recordadas y usadas para la formación cultural de la sociedad, especialmente de los jóvenes. El canon es el resultado de un proceso de selección en el que participan individuos, instituciones públicas y privadas, minorías dirigentes, culturales y políticas, pues mantiene una fuerte relación con el poder. Por ello es considerado conservador y representante de la tradición y los valores de los grupos dominantes de una sociedad, como en los postulados de Bloom, 1995 por ejemplo.

Para incluir en el canon determinados textos es inevitable excluir o eliminar otros que pasan al olvido en forma permanente o pueden ser recuperados más adelante, proceso en el que adquieren relevancia los mecanismos de selección -enciclopedia, museo, historia de la literatura, antología- que suponen el manejo de criterios estéticos o de otro orden.

El canon literario no es uno solo, sino varios -como lo han propuesto Harris y Fowler-, debido a su carácter histórico defendido principalmente por Lotman, Pozuelo y Mignolo (Sullá 2000). La existencia de más de un canon plantea los problemas de la relación entre ellos, que puede ser por paralelismo (mediante un canon alternativo de mujeres exclusivamente, como propone Lillian Robinson, por ejemplo, o de autores indígenas) y por ampliación o apertura (por incorporación de textos diferentes por su condición étnica, de género, de estratos sociales marginales, etc., y de las posibilidades de sustitución que implica la destrucción del canon imperante (por influencia de una reforma en los currículos escolares o por decisión de un gobierno autoritario, entre otras posibilidades).

El canon y los cánones son el resultado de variados procesos de canonización, de procesos socioculturales de selección de textos y autores según el tipo de sociedad de que se trate, y de los criterios estéticos de la institución literaria.

En la aceptación o rechazo de los textos propuestos en las sociedades indígenas participan prácticamente todos los integrantes de la comunidad en forma directa, con distintos grados de acceso, autoridad e influencia, pues son procesos ligados a la oralidad, el ritual y la censura comunitaria, mientras que en las sociedades modernas los que deciden son las instituciones educativas, las asociaciones de creadores y de estudiosos (la SECH y la SOCHEL en nuestro medio), los críticos literarios, las editoriales, las librerías, los planes y programas de estudio, el mercado, es decir, mayoritariamente personas y entidades profesionales, tecnificadas, especializadas, que conforman la institución literaria de esa sociedad.

Los procesos de canonización conocidos son, básicamente, de cuatro clases:

a) la canonización propiamente tal, que consiste en la validación de un libro y/o autor mediante reseñas, artículos, comentarios, incorporación en librerías, antologías, libros de texto, historias literarias, asignaturas, invitaciones, lecturas, entrevistas, conferencias, hasta conformar una imagen pública estable y positiva; proceso de valoración y reconocimiento como literario de un autor, texto, grupo o género hecho por la institución literaria;
b) la descanonización, que es el proceso de desvalorización, olvido, pérdida de vigencia y sustitución natural de un texto y/o autor a medida que pasa el tiempo, deja de leerse, de comentarse y pierde su connotación de literatura válida; es el olvido de ciertos autores en actividades públicas que los marginan lenta o rápidamente de los autores triunfantes y leídos por distintas causas: cambio de teorías o estéticas, razones ideológicas o políticas, cambios generacionales en los agentes institucionales de canonización, etc.;
c) la contracanonización o anticanonización, que es el proceso que intenta destruir la imagen literaria de una obra o autor mediante el silencio crítico, la opinión negativa de carácter literario, investigativo o crítico, es decir, la resistencia a determinados intentos de legitimación de algunos escritores; su obra es descalificada por los actores de la institución literaria, se le excluye o niega su aparición en antologías, premios, cargos oficiales que los destaquen, etc. El punto extremo, que se produce durante gobiernos totalitarios, es la orden de requisar los libros de algún tipo de escritor o doctrina y prohibir expresa o implícitamente su consideración como escritor y su inclusión en la enseñanza oficial, y,
d) la recanonización, que es el proceso de revitalización de un proceso anterior de canonización que se ha mitigado o anulado con el tiempo y los cambios literarios y culturales, mediante reediciones, recalificación por parte de la crítica, nuevas interpretaciones complementarias o distintas a las canónicas, homenajes póstumos, inclusión en los planes educativos, de investigación y difusión, proposición para los premios mayores, etc.

3. LITERATURA, IDENTIDADES

La literatura es un repertorio de imaginarios sociales, por lo cual su conocimiento permite aumentar y ampliar la comprensión de las culturas y las identidades de las distintas sociedades. Decir sociedad, cultura, identidad, en singular, significa hablar en un nivel de abstracción muy elevado que llega hasta a desrealizar los objetos de estudio. También puede constituir un gesto ideológico, ya que supone aceptar que la cultura es un fenómeno unitario, que cada sociedad tiene una identidad única reiterada por todos los individuos de modo análogo, con lo que se niega la variedad y heterogeneidad de los seres humanos y de sus construcciones sociales.

La comprensión de la sociedad como entidad compleja, variable, multifacética, conformada por elementos heterogéneos, en parte interculturales e interétnicos a pesar de su singularidad, permite explicar con más precisión las conexiones entre la amplia diversidad de los textos literarios y las distintas identidades de la sociedad chilena.

Los cánones de una literatura, entendidos como restricciones y posibilidades de escritura y lectura, se conforman de acuerdo a ciertos aspectos textuales y contextuales, como la tradición literaria y cultural, el corpus o repertorio de textos con que se cuenta en un momento histórico-cultural determinado de una sociedad, y las identidades sentidas o aceptadas como propias. Los textos que se escriben y se eligen como modelos para otros textos posibles dependen de las imágenes identitarias implícitas o explícitas en ellos.

Desde esta perspectiva, cualquier proyecto de escritura literaria implica un intento de promoción, crítica o rechazo de determinadas identidades implícitas o descritas, al mismo tiempo que la representación de determinadas identidades en los textos literarios contribuye a la canonización de éstos si aquéllas coinciden con las axiologías dominantes. Así, por ejemplo, la literatura criollista representa la identidad nacionalista, mientras que la novela imaginista, una identidad cosmopolita y, la antipoesía, la crisis de la identidad chilena.

La vinculación entre literatura e identidad ha sido considerada en el ámbito hispanoamericano por diversos escritores, críticos e investigadores como Martí, Carpentier, García Márquez, Cortázar, Cardenal, Arguedas, por un lado; Henríquez-Ureña, Cornejo Polar, Promis, Dorra, Rojas, por otro. También han sido analizados algunos procesos, problemas y factores de canonización, pero raras veces se han establecido relaciones entre ambas cosas. Lo mismo ha sucedido en la literatura chilena, en la que tampoco se ha estudiado en forma sistemática la relación específica entre los procesos de canonización literaria y las identidades, aunque sepamos o intuyamos que la conformación de identidades influye en la constitución del canon, porque la literatura es un espacio privilegiado de construcción identitaria. Además, porque el problema de la identidad surge o se reinstala en el imaginario nacional sobre todo durante situaciones de crisis que obligan a analizar la realidad, en particular en momentos clave de definiciones políticas.

Desde una perspectiva teórica, esta conexión existe sin ninguna duda. Ricoeur, por ejemplo, ha afirmado que las narraciones literarias son "modos mediante los cuales los individuos y los colectivos construyen sus identidades" (1985:170); Mignolo, desde otro punto de vista, ha postulado que el proceso de formación del canon literario de una sociedad es dominantemente regional, y mediante él una comunidad determinada define y legitima su propio territorio creando, reforzando y cambiando una tradición (en Sullá 1991: 251-2); Eco también ha señalado con precisión: que "La literatura, al contribuir a formar la lengua, crea identidades y comunidad" (2002:11).

Culler ha analizado a fondo las inevitables relaciones entre estas entidades, indicando de partida que:

La literatura se ha ocupado desde antiguo de la cuestión de la identidad, y las obras literarias esbozan respuestas, implícitas o explícitas, a estas cuestiones (...). Las obras literarias ofrecen una variedad de modelos implícitos del modo en que se forma la identidad (...). La reciente explosión en el campo de los estudios literarios de teorías sobre la raza, el género y la sexualidad obedece en gran parte al hecho de que la literatura proporciona materiales valiosos para la problematización de las explicaciones políticas y sociológicas del papel que desempeñan esos factores en la construcción de la identidad. Considérese, por ejemplo, la cuestión de si la identidad del sujeto es algo dado o bien algo construido. Ambas alternativas se hallan ampliamente representadas en la literatura (2000: 133-34).

Culler reconoce la existencia de identidades personales y sociales, y afirma que la literatura ha realizado un tratamiento de las identidades mucho más detallado y sutil que las diversas teorías, las que aparecen reductoras frente a los casos singulares desarrollados sobre todo en las novelas, aunque sin olvidar que el poder de las representaciones literarias radica en una particular combinación de singularidad y ejemplaridad.

Además de conformar un amplio campo de estudio de identidades y de problemas identitarios, influye directamente en la construcción de las identidades de sociedades determinadas, pues

La literatura no sólo ha convertido la identidad en un tema recurrente; ha desempeñado también un papel fundamental en la construcción de la identidad de los lectores. El valor de la literatura se ha vinculado desde antiguo al hecho de que posibilita que el lector experimente indirectamente las experiencias de los personajes, permitiéndole aprender qué se siente en determinadas situaciones y con ello aprender la predisposición a sentir y actuar de cierta manera. Las obras literarias nos animan a identificarnos con los personajes, al mostrarnos el mundo desde su punto de vista. Los poemas y las novelas suelen dirigirse a nosotros pidiéndonos que nos identifiquemos con lo transmitido, y la identificación colabora en crear la identidad: llegamos a ser quienes somos porque nos identificamos con figuras que encontramos en la lectura (id: 135).

Por ello se acusa a los escritores, es decir, a sus textos literarios, de corromper a los jóvenes mostrándoles ejemplos negativos, aunque también se han buscado en la literatura los valores que los jóvenes deberían asumir, para lo cual se ha conformado el canon pedagógico.

Desde una óptica histórica, Promis (1987) ha afirmado que el pensamiento hispanoamericano ha surgido del concepto de realidad traído por los españoles a América, pero no como imitación mecánica y sumisa, sino como respuesta propia de apropiación de lo exógeno para construir lo regional y lo local (id. Subercaseaux 2004). Un elemento central de este proceso lo constituye la literatura aprendida de los cánones europeos, pero desarrollada en función de "nuestra expresión" (Henríquez Ureña 1952; Mariaca 1993: 23-4). Dorra también ha manifestado que:

"En este panorama de cambios y permanencias que es la literatura vemos reaparecer, una y otra vez, el tema de la identidad cultural que se despliega como una tópica", insistiendo en que el tema de la identidad es distinto si se piensa desde la literatura que si se lo hace desde la perspectiva ética del escritor, puesto que "toda gran obra surgida entre nosotros tiene que ver con nuestra identidad en la medida en que se incorpora profundamente a la cultura y termina por volverse un elemento esencial de su evolución. Toda gran obra habla siempre de nuestra identidad cultural, pues ayuda a constituirla" (2000: 132 y 137; el destacado es mío). Rafael Rojas, por su parte, ha escrito que "desde principios del siglo XIX aparecen discursos que intentan formalizar un canon de la cultura latinoamericana. En ellos se busca la definición de un sujeto histórico que traza su límite horizontal frente a los Estados Unidos y su límite vertical frente a Europa. La identidad latinoamericana recibe, desde entonces, una serie de formulaciones" (2000: 20).

Diversos intelectuales chilenos han participado desde el período de la Independencia en esta tentativa de autodefinición identitaria mediante la literatura, comprendiendo que la formulación y reformulación de los parámetros que rigen la existencia y la cultura de los países conllevan estrategias de selección y legitimación de identidades determinadas.

A pesar de ello, nuestra literatura ha sido estudiada en forma muy parcial en este sentido, pues existen pocos trabajos y ni siquiera uno de conjunto sobre los problemas de la interacción de los procesos de canonización y de construcción de identidades. Aunque el ensayo hispanoamericano de la primera mitad del siglo XX se caracteriza por un interés casi obsesivo por la autodefinición colectiva (Chanady 2000), en Chile esta preocupación ha sido menor.

4. LITERATURA CANONIZADA Y MARGINAL EN CHILE

El estudio de la literatura chilena en relación a sus procesos de canonización, descanonización, contracanonización y recanonización vinculados a la construcción de identidades debe considerar como hecho principal el fuerte centralismo político, económico y cultural del país, que restringe su desarrollo global e impide o limita el impulso de las identidades regionales, escondiéndolas bajo el peso de lo nacional o reduciéndolas a folklore o pintoresquismo (Godoy 1988: 58). Una sociedad centralizada y unificadora como la chilena concentra todo el poder en la capital invisibilizando o distorsionando las historias, tipos humanos, mitos, instituciones y costumbres que generan identidades socioculturales regionales o particulares. Así se explica que se considera institución literaria chilena exclusivamente la de Santiago, incluyendo tanto a los que allí viven como a los que se han trasladado por efecto de las migraciones debido a necesidades de mantención económica, reconocimiento oficial, publicaciones, crítica, y a uno que otro provinciano que se ha considerado digno de estar allí.

De este modo, se tiende a pensar que existe una sola literatura, nacional e integrada, que se desenvuelve a través de un solo proceso histórico conformado por autores y textos canonizados centralmente por una crítica también concentrada, que maneja las mismas teorías y criterios valorativos. Los escritores que viven en provincia son ignorados, considerados casos de desarrollo insuficiente en términos de literatura nacional o ligados al folklore o la literatura popular vistos como expresiones de nivel inferior indignas de estudio o difusión. Incluso, en muchos casos los propios focos de desarrollo literario regional no buscan valorar la creación de un canon propio, sino su inserción en el circuito central.

Por supuesto que esta situación es fuertemente discriminadora de la heterogeneidad y vitalidad de las culturas regionales, que no sólo han producido literatura para sus propios consumidores, como en Chiloé, la Araucanía o Magallanes, por ejemplo, sino también han aportado algunos de los principales escritores de nivel nacional e internacional, como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, por ejemplo. De hecho, el frecuente arribo de escritores a la capital ha contribuido a establecer el canon nacional de la literatura, pero también muchas de las fuerzas desestabilizadoras del mismo, como es evidente en el caso de Parra, de los poetas mandragóricos, de la publicación de muchos textos mapuches, etc., sin olvidar la singular situación de Mistral que influyó desde distintos sectores regionales además del propio Santiago. Además, no debe olvidarse que Santiago también es una región, aunque el hecho de designarla capital del país la ha convertido en el centro hegemónico de la sociedad chilena.

La superposición de los conceptos de región y de provincia generados por el gobierno militar, que ha transformado formalmente la organización político-administrativa del país, no ha contribuido a la apertura del centralismo ni del canon literario, debido a que ha excluido la cultura del proceso de regionalización (Godoy 1988: 60). A pesar del notable interés y esfuerzo demostrado por el Estado chileno en la última década, principalmente a través de la División de Cultura del MINEDUC con su monumental Cartografía Cultural de Chile (1999) y la Comisión Bicentenario con su espectacular Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias (2003), la escasez de investigación sistemática sobre culturas regionales es un obstáculo demasiado grande para una canonización equitativa de la producción literaria del país.

Los hábitos culturales y docentes predominantes en nuestro país nos han hecho aceptar la existencia de una "literatura chilena" sin analizar ni cuestionar suficientemente la legitimidad del concepto ni del sistema construido, como tampoco la selección básica de autores, momentos, tendencias y textos fundamentales que la constituyen como tal. Tampoco se han establecido en forma sistemática las relaciones de nuestro canon literario con las modalidades de ser chileno, es decir, con las identidades del país.

Esto sucede en mayor o menor medida en las distintas historias totales o parciales de la literatura nacional (Amunátegui, Dussuel, Lillo, Alone, Montes y Orlandi, Manuel Rojas, Promis, Goic, Fernández, Nómez, Santana, etc.) y en estudios particulares también destinados a canonizar autores o textos determinados. Pero, partiendo de la base de que la literatura constituye un modo de conocimiento singular de la sociedad humana, de sus culturas y modos de ser, es una tarea insoslayable lo dicho anteriormente que permitirá comprender mejor nuestra cultura y, por lo tanto, a nosotros mismos y a los demás.

Es indispensable establecer primeramente que la textualidad que llamamos literatura chilena, no es, desde la perspectiva de los tipos de texto que la conforman, un hecho homogéneo y unitario dominado exclusivamente por fuerzas canonizadoras estables y uniformes que anulan o excluyen en forma completa los textos, autores y procedimientos diferentes o transgresores, sino que está conformada por dos amplios sectores textuales, asimétricos y parcialmente superpuestos: por un tipo predominante, el texto docto de imitación europea, y por otras variedades de menor aceptación y éxito en los cánones profesionales y comunes que permanecen en los márgenes de la institución literaria o son abiertamente excluidas de ella.

4.1. La literatura canónica. Este es el sector mayoritario, hegemónico, que ha generado la visión dominante de una literatura única, exclusiva, superior, de orientación europeizante o universalista, que es el resultado de un proceso iniciado en una tradición exógena muy etnocentrista, la literatura española, trasladada a América a partir de 1492 y revitalizada e impuesta mediante las estrategias de la invasión y la colonización.

Esta escritura de origen épico, histórico y cronístico, regida por los cánones europeos, se transformó en una tradición literaria propiamente hispanoamericana a partir de los proyectos identitarios de independencia cultural generados en torno a los procesos político-militares y civiles de la Independencia. Pero no por ello perdió su carácter europeizante, pues los criterios de distinción y valoración de cierta clase de textos como literarios hasta fines del siglo XX en Chile coinciden en concebir la literatura como una escritura artística, plasmada en una lengua única, la española y sus variedades criollas, y fundada en principios explícitos o subyacentes de homogeneidad y universalidad. En ellos coexiste una noción extremadamente lábil y flexible de texto literario, que permite incluir, en cuanto componentes globales o parciales, discursos de distinto carácter en los mismos o distintos grupos de textos (ficticio, histórico, ensayístico, testimonial, vulgar, estilizado, nacionalista, intercultural, moderno, arcaico), y no sólo el que convencionalmente se ha aceptado como discurso literario.

Estos principios forman parte de filosofías vinculadas con identidades caracterizadas por la imitación criolla de los valores europeos refinados. A esto Jorge Pinto ha llamado la "identidad forzada", es decir, el esfuerzo por dotar al chileno de una identidad despojada de los valores ancestrales de nuestros pueblos originarios y confundirlo con un europeo, lo que deja al indígena fuera del "chileno" (2003: 537- 40); esta identidad se habría constituido tempranamente casi junto con la Independencia como identidad nacional, acompañando la construcción del Estado y de la nación. La concepción de la sociedad, del arte y de la literatura derivada de esta identidad ha sido hegemónica en gran parte de la historia de nuestra modernidad y, consecuentemente, ha excluido de su canon las expresiones tradicionales indígenas y populares.

Por ello, los autores y textos que se premian en concursos se incluyen en las reseñas, artículos, antologías e historias de la literatura chilena, en conferencias, cursos y programas de literatura, son equivalentes a lo que en España y Europa han sido canonizados como textos literarios de primera calidad, es decir, que han sido incorporados en los distintos cánones y momentos de alteración de los mismos. La mayor parte de los escritores y textos literarios chilenos que tienen éxito de crítica y, en algunos casos, también de venta, la han logrado porque han escrito textos poéticos, narrativos, dramáticos o ensayísticos que siguen las reglas de esteticidad, universalismo y homogeneidad propios de la filosofía del arte y la teoría literaria europeas, que imitan sus estilos, géneros, metalenguas e incluso temáticas y que aspiran a formar parte de la literatura internacional.

Esto es inevitable porque el concepto mismo de literatura es europeo, por lo que escribir literatura en América, Asia o Australia no es radicalmente distinto que hacerlo en Roma, Londres o París, ya que depende de los criterios europeos de canonización literaria y artística. Así se han creado mecanismos de adaptación muy curiosos que camuflan los principios de exclusión de lo diferente, aceptándolo pero transformado en algo convencional. Es lo que sucede con los cantos indígenas, por ejemplo, los ül de la textualidad mapuche, que se consideran "poesía mapuche" como un modo de asimilarlos a las características de la literatura: al incluirlos en diversas antologías como si fueran poemas se les quita lo específico que los define: su condición de canto que se realiza en situaciones culturales en relación inevitable con contextos socioculturales de la vida mapuche, tales como el trabajo de la trilla, los actos de seducción con acompañamiento de la música del trompe o el acto de curación de enfermos por parte de los machi.

El canon de la literatura chilena se ha desarrollado como una fracción significativa del canon hispanoamericano, por razones de valoración externa e interna y de aislamiento físico-geográfico. El reconocimiento de autores que se han proyectado universalmente, como Mistral, Neruda, Donoso, tanto como de otros que han iniciado tendencias nuevas de carácter hispanoamericano como Huidobro, autor del creacionismo y figura central de la vanguardia, y Parra, autor de la antipoesía, que ha puesto en jaque el discurso literario y natural de la cultura occidental, ha contribuido a establecer un canon muy demarcado, con hitos estables y prestigio consolidado.

Por otro lado, la asunción de las tendencias europeas con un alto grado de rigor y continuidad en la imitación (lo que ha sucedido con el romanticismo, el naturalismo, el surrealismo, el neorrealismo, etc.) y la presencia de escritores capaces no sólo de asumir las tendencias anteriores sino también de desarrollarlas, como Zurita y Martínez, por ejemplo, han fortalecido el fenómeno anterior, dibujando un canon con nombres definidos, donde entran Blest Gana, Orrego Luco, Prado, Arenas, de Rokha, Bombal, Droguett, Lihn, Teillier, Heiremanns, Vodanovic, Wolf, para nombrar algunos.

Este canon distingue claramente los textos literarios y la literatura de otras clases de texto y de otras disciplinas artísticas y del discurso, diferenciándolos del folklore literario, de la etnoliteratura y de la subliteratura, principalmente según criterios de homogeneidad y de singularidad, derivados de las teorías y estéticas europeas. Por ello, distribuye los textos con precisión según distinciones genéricas, de acuerdo a las clasificaciones tradicionales de poesía, drama, narrativa, ensayo, y de orden lingüístico, aceptando sólo los textos escritos en español y dejando de lado la producción de autores aborígenes en sus propias lenguas. Esto se debe a que se funda en la idea, estereotipo o dogma de una identidad nacional coherente, estable, de carácter europeo, por lo cual lógicamente se han excluido los factores de diversidad o heterogeneidad que parezcan exagerados, peligrosos o transgresores.

4.2. Literatura marginal, secundaria,"invisibilizada". Esta conforma una zona comparativamente menor en cantidad, heterogénea en su conformación y difícil de reconocer por escasez de marcos de referencia mayoritariamente validados, ya que conforma un proceso en curso que aún no ha manifestado todas sus potencialidades.

Aunque las instituciones literarias e intelectuales de nuestro continente han promovido la imitación y reproducción de la cultura y la literatura europeas invasoras, éstas no han sido una mera reiteración de la misma, pues también han incluido algunos tipos heterogéneos de discurso en su conformación, textos que han modificado las normas canónicas aprendidas de las metrópolis y de la propia tradición criolla por ampliación o por exclusión (crítica o rechazo), aunque esto resulte imperceptible o la crítica y la docencia la oculten de manera consciente o inconsciente.

Es cierto que algunas tendencias propias de la literatura chilena constituyen una imitación de las corrientes estéticas europeas, como el romanticismo o el naturalismo, otras una síntesis de influencias europeas, como el modernismo iniciado por Darío, otras el desarrollo de valores rupturistas, como el creacionismo y la antipoesía, o una reconstrucción intercultural de elementos de las literaturas indígenas y populares, la poesía etnocultural. El estudio de los tipos de texto, retóricas, estilos, las metalenguas y poéticas confirma esta relación ambivalente y multiforme.

Junto a novelas definidamente naturalistas que copian el modelo de Nana, como Juana Lucero, o controlan el proceso narrativo mediante el método experimental de las ciencias naturales, como Casa grande, por ejemplo, otras intentan representar la variedad de seres humanos que ocupan un espacio común en el país, como Frontera de Durand, manifestar ciertas dimensiones divergentes de la condición humana como Patas de perro de Droguett, o la existencia de alguien entre seres de otra cultura, como Jemmy Button de Subercaseaux.

El sector marginal está conformado principalmente por tres clases de texto de carácter intercultural: la poesía etnocultural, la literatura del exilio y la literatura de grupos inmigrantes. Estas clases de literatura han surgido de comunidades étnicas y regionales diferenciadas que representan identidades originarias, en transición o consolidadas, y han revelado la discriminación, la exclusión, la diferencia, la búsqueda, el conflicto, la atracción y el rechazo del otro.

Los textos interculturales constituyen la variedad más singular y definida de la asimilación, adecuación y transformación de la literatura canónica europea en las élites culturales de Chile y América Latina y, al mismo tiempo, de la reacción contra la imposición de modelos culturales, lingüísticos y textuales. La textualidad intercultural ha permanecido durante mucho tiempo semioculta, pues ha formado parte de la literatura canónica como un elemento más, asociada a las llamadas literatura indigenista e indianista en sus diversas expresiones, no obstante conformar un hecho textual y sociocultural diferente al de las culturas ancestrales.

A pesar de ello, la institución literaria ha continuado considerando literatura chilena sólo la de aspecto extranjero y docto, desarrollando una literatura de orientación moderna, universalista, culta, vanguardista y últimamente postmoderna, con lo cual ha relegado, excluido y subvalorado lo indígena y lo popular como modalidades expresivas e incluso temáticas. Así, el folklore literario y la literatura popular han vegetado o se han conservado al margen de los desarrollos mayores que conforman la literatura canónica del país. Este hecho deja en claro que, aún reconociendo la existencia de diversas identidades, nuestro canon literario destaca la semejanza con las identidades predominantes de Europa ilustrada en desmedro de otras más populares, marginales o ancestrales.

La literatura en Chile, como en otros países de América, se inició con el aprendizaje de la escritura por parte de los criollos y mestizos, uno de los efectos de la colonización española que intentó reproducir su sociedad lejana transformando las sociedades y culturas indígenas locales, e incluso su naturaleza (Goic 1988: 24).

La implantación española en Chile combinó rasgos de colonización (ocupación territorial por un grupo foráneo con la intención de imponer su dominio político y explotación económica) y de inmigración (afluencia de grupos humanos masivos pertenecientes a una cultura diferente, de desarrollo superior o inferior). El esquema cultural del grupo conquistador-inmigrante incluye una serie de pautas, rasgos e instituciones que se intenta implantar en otros territorios, absorbiendo o desplazando los de los pueblos conquistados; según Godoy (1982), en el caso de Chile la convivencia prolongada de los grupos hispano y mapuche provocó modificaciones en las formas originarias de sus culturas, gravitando una u otra. A pesar del desnivel de las civilizaciones y sus diferencias intrínsecas, se produjeron compenetraciones culturales.

Esta situación obligó a ambos grupos a adecuar sus respectivos esquemas culturales, lo que dio origen a nuevas formas de vida y cultura, derivadas pero diferenciadas de las originales. Las nuevas formas aparecidas en el siglo XVI constituyen las raíces de la cultura chilena, que se desarrollará durante la época colonial. El proceso de aculturación culminó en una extensa fusión étnica más profunda que en otras partes de América, que anuló en parte el desnivel cultural. El conglomerado resultante de este proceso, es decir, el pueblo chileno, llegó a ser bastante homogéneo, con rasgos físicos y culturales más próximos al español que al aborigen, lo que hizo olvidar el aporte del último (Godoy 1982: 35-41), que servirá de base a la constitución de una interculturalidad en dos ámbitos: sociocultural y textual; la última ayudará a entender la escritura literaria de los mapuches, de los inmigrantes y de los escritores del exilio: la apropiación de técnicas y categorías de la otra sociedad para transformar la propia en una literatura en sentido moderno, pero intercultural.

Entre los distintos grupos indígenas que han habitado Chile, los mapuches han sido admirados por la belleza de su lengua, el mapudungun, su competencia comunicativa mediante la oratoria y su sensibilidad estética, que ha originado una etnoliteratura en canto, el ül, en relato, los epeu, y en interacción verbal, el koneu, adivinanza o enigma, los dos primeros ramificados en géneros menores. Al respecto, Martín Alonqueo ha afirmado que: "Los poetas y literatos mapuches expresaban sus pensamientos y sentimientos a través de sus canciones y cuentos según las circunstancias de su vida, entregándolos al público y a la nueva generación de viva voz" (1985: 119).

Pero ésta, como las demás etnoliteraturas, prácticamente ha sido ignorada por los estudiosos. Como ha afirmado Hugo Carrasco, los cronistas, historiadores y escritores españoles y criollos de los siglos XVI y XVII "desconocieron, obviaron o reinterpretaron a su manera la existencia de una literatura aborigen. Esto es particularmente notorio en el caso de las manifestaciones literarias del pueblo mapuche o araucano, del cual apenas si fueron registrados textos en forma directa" (1986: 119).

Por eso quedaron desde el comienzo fuera de los procesos de canonización literaria, ya que se estimuló una literatura indigenista en lugar de una literatura indígena, en la que se rescataron temas indígenas y elementos léxicos siguiendo la línea abierta por Ercilla, desde Pedro de Oña en adelante (Raviola 1965). La llamada literatura chilena de la Conquista y la Colonia es todavía una literatura española escrita por criollos que realizan básicamente una traslación de modelos, géneros y estilos textuales europeos, en la cual incluyen temas propiamente locales junto a los que han aprendidos de los libros. Más adelante, con la generación de 1842, se inició la literatura chilena propiamente tal, pues sólo "se puede hablar de una literatura "nacional" en la medida en que se toma conciencia de su realidad, o cuando se toma conciencia del objeto "literatura" en sentido estricto. Esto fue exactamente lo que ocurrió en 1842" (Promis 1995: 34). En los documentos metapoéticos de esta generación, en particular en el "Discurso Inaugural de la Sociedad Literaria" de Lastarria, se planteó con claridad la necesidad de independencia intelectual: "Hay una literatura que nos legó la España con su religión divina (…). Pero esa literatura no debe ser la nuestra, porque al cortar las cadenas enmohecidas que nos ligaran a la Península, comenzó a tomar otro tinte muy diverso nuestra nacionalidad: "Nada hay que obre una mudanza más grande en el hombre que la libertad" (en Promis 1995: 86). No obstante, fue imposible liberarse de los modelos españoles, sobre todo considerando que la lengua es la misma. Y, de ese modo, los textos canonizados han sido imitaciones de la literatura española y europea.

Esto es observable en cualquier historia de la literatura chilena al comparar los textos incluidos con sus equivalentes europeos o estadounidenses. Por lo general, las tendencias en que se ubican los textos son de origen extranjero (romanticismo, realismo, naturalismo, surrealismo), se considera como inicio las Cartas de Pedro de Valdivia y/o La Araucana de Ercilla; los escritores se comparan con los europeos para determinar su calidad y a veces se denominan por comparación con ellos. Solamente en la Historia de la Literatura Chilena, de Maximino Fernández, aparece un capítulo completo destinado a los textos indígenas, aunque sólo prehispánicos, además de algunas menciones a poetas de etnia, lengua o cultura mapuches y a Violeta Parra.

A partir de 1963 se ha podido observar la aparición sistemática de un determinado corpus de textos diferentes, críticos y opuestos a los del canon oficial, tanto por sus rasgos estilísticos, semánticos, estructurales e ideológicos como por una metalengua propia en proceso de configuración (I. Carrasco 1993 y 1994), la poesía etnocultural. Esta poesía fue iniciada por Sebastián Queupul y Luis Vulliamy en 1963, y ha sido desarrollada por autores de origen mapuche, criollo y de colonos europeos incorporados en los procesos socioculturales y las instituciones literarias del sur (Temuco, Valdivia, Chiloé): Pedro Alonzo, Leonel Lienlaf, Elicura Chihuailaf, Jaime Luis Huenun, Eric Troncoso, Clemente Riedemann, Juan Pablo Riveros, Violeta Cáceres, Carlos Trujillo, Rosabetty Muñoz, Sonia Caicheo, Mario García, Sergio Mansilla, Nelson Torres, Mario Contreras, entre otros. Han coincidido con ellos Cecilia Vicuña, de Santiago, Arturo Volantines, de La Serena y Eduardo Palma, de Neuquén, Argentina (I. Carrasco 1989, 1991, 2003).

Esta poesía se originó en el diálogo interlingüístico e interétnico propio de la convivencia cotidiana en el sur de Chile desde la invasión española, y se caracteriza por el uso, modificación y producción de retóricas, lenguas, temáticas, géneros, textos, formas de enunciación particulares de origen variado y heterogéneo, que configuran textos o macrotextos poéticos de carácter sincrético, mestizo o intercultural en relación con las normas canónicas de las literaturas europeas y americanas, de las etnoliteraturas y expresiones populares y regionales. Es un tipo artístico de textualidad bilingüe o polilingüe, fundada en la experiencia de la interacción de grupos étnicos portadores de culturas, tradiciones artísticas, lingüísticas y textuales particulares que confluyen en el marco de una sociedad global donde comparten formas de vida, espacios, acontecimientos y experiencias.

Su peculiaridad consiste en la transgresión o ruptura de la norma homogenizante impuesta por los cánones europeos, para fundar un ámbito de proyección de una experiencia plural, heterogénea e interétnica del mundo. Fenómenos semejantes encontramos en la inicial poesía lírica española de las jaryas incluidas en las muwwasahas arábigas; también en la literatura chicana y latina de los Estados Unidos, expresión de su inevitable convivencia con la cultura norteamericana y la conciencia de las múltiples tradiciones culturales que forman parte de la sociedad contemporánea, en el segundo caso (Skar 2001).

En cuanto a la literatura del exilio, se trata de poemas, cuentos, novelas y dramas escritos durante los períodos de la dictadura y postdictadura militar de Pinochet y el abandono forzado de su país por parte de políticos y escritores. Es una literatura obligada al diálogo involuntario con otras lenguas y culturas, por lo que coincide en algunos aspectos con la lírica etnocultural, sobre todo en la violencia descrita o implícita, en la codificación plural de los textos, la aculturación, el desarraigo, la nostalgia.

Los poetas en el exilio han escrito sobre su experiencia de dos culturas, la que dejaron espacial y temporalmente en Chile pero que permanece en su memoria, su formación, su ideología, sus anhelos de retornar, y la otra encontrada en el mundo que deben habitar, el mundo del exilio en Europa y otros lugares del mundo, la cultura ajena que deben asumir obligatoriamente para sobrevivir. Esta experiencia dual o plural de culturas distintas se ha superpuesto en los textos de Efraín Barquero, Naín Nómez, Waldo Rojas, Federico Schopf, Armando Uribe, Tito Valenzuela y tantos otros que han escrito sobre experiencias variadas del exilio en el cruce de dos o más lenguas y culturas (Bianchi 1992; Jofré 1986).

Otra variedad de literatura intercultural es la escritura de los inmigrantes, que mantienen memoria o práctica de una cultura originaria que se conecta e interactúa con la cultura chilena y se manifiesta a través de expresiones como la danza, la música, la religión. En el caso de la literatura, la mayoría escribe en castellano y toma como modelos los de la literatura canónica, aunque algunos han escrito y publicado también en árabe.

Esta literatura apenas ha sido considerada como modalidad diferenciada, pues sus escritores se han incorporado a la institución literaria chilena, y sus modelos escriturales han sido principalmente los de la tradición canónica. A pesar de que temáticamente han escrito sobre experiencias de inmigración, varios de ellos han sido incluidos en antologías y estudios de la literatura chilena sin tomar en cuenta su diferencia étnica, como ocurre con Diamela Eltit, Jorge Teillier, Mahfud Massis, Andrés Sabella, entre otros (Rafide 1989; Samamé 2002 y 2003; Cánovas 2004).

Estas tres variedades de literatura presentan puntos en común: están sometidas a procesos no buscados de interculturalidad; muestran actitudes conflictivas y dialogantes; expresan la experiencia de personas que viven entre dos o más culturas y que escriben entre y para ellas; se enuncian desde una sociedad moderna, compleja, teniendo la alternativa de hacerlo en una o más lenguas, consideradas aisladas o en cruce, según las reglas discursivas y literarias de una o de las otras, planteándose un destinatario singular propio de una cultura, o plural, haciendo referencia a una cultura o varias, denunciando injusticias, atropellos y discriminaciones. Además, representan identidades definidas que han formado parte de la periferia social y cultural del país, en conflicto con las élites del poder y del prestigio, pero emergiendo con fuerza en las últimas tres décadas del siglo XX, por lo cual se insertan en una corriente de modificación y ampliación del canon de la literatura chilena (un desarrollo mayor de estas expresiones interculturales se encuentra en I. Carrasco 2005).

5. CONCLUSIONES PROVISORIAS

La literatura chilena aprendida de los cánones europeos pero desarrollada en función de una expresión propia, es un elemento central en la búsqueda de proyectos de construcción de cánones literarios asociados a la conformación de identidades. Se ha desarrollado en dos amplias secciones, una más cercana a los modelos europeos, canonizada mediante los distintos factores de la institución literaria y otra que, aunque se mantiene en el conjunto de esta textualidad, tiende a modificarla. La interculturalidad es el factor principal de este proceso de modificación de los criterios de acreditación literaria de textos en que están incluidos principalmente diversos poetas etnoculturales, escritores del exilio e inmigrantes.

 

NOTAS

* Este trabajo forma parte del Proyecto Fondecyt 1040321(2004) "Canonizaciones e identidades en la literatura chilena", del cual soy Investigador principal y que tiene como coinvestigadores a mis colegas Oscar Galindo, Claudia Rodríguez y Ana Traverso, del Instituto de Lingüística y Literatura de la U. Austral de Chile.

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