SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.47 número2-3María Magdalena: Literatura, Psicoanálisis y TeologíaProstitutas, reinas y extranjeras: mujeres en el ciclo salomónico (1 Reyes 1-11) índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449

Teol. vida v.47 n.2-3 Santiago  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492006000200012 

Teología y Vida, Vol. XLVII (2006), 319 - 321

NOTAS

 

"¡Oh mujer en quien habita mi esperanza!": Dante y el atractivo Beatriz

 

Giuliana Contini P.

Profesora Facultad de Letras
Pontificia Universidad Católica de Chile


"Y parece ser algo que ha venido del cielo a la tierra a manifestar un milagro". "Esta dama fue acompañada del número nueve para dar a entender que ella era un nueve, esto es un milagro" (1). Así Dante, a propósito de Beatriz, en Vida nueva, la biografía ideal de su amor juvenil.

Es, por lo tanto, la excepcionalidad el carácter que identifica la aparición de esta joven mujer en su vida, o mejor dicho es la categoría del milagro y milagro significa signo extraordinario que revela lo divino: lo divino manifestado en lo humano.

Dante, terminando Vida nueva, declara que no hablará más de "esta bendita dama" hasta que pueda hacerlo más dignamente.

Será la dificultad, la prueba ­como en toda experiencia humana auténtica­ lo que realza a mayor dignidad, desvelando en el mismo tiempo toda la fuerza implícita, lo que habría podido quedar solo en una feliz imagen poética, propia de ese círculo aristocrático que era el Dolce Stil Nuovo. Prueba y prueba tan severa que, poco más, habría sido muerte, dice el poeta (y no tenemos por qué no creerle): el extravío en la selva oscura. "En medio del camino de la vida / yo me encontré en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido" (2). En el primer terceto de su obra inmortal, Dante afirma, así, que en la mitad de su vida ­30 ó 35 años­ se encontraba en un momento de profunda crisis, habiendo perdido el camino recto (¡él lo había perdido; no es que no exista!) ¿Las causas? La muerte de Beatriz, el destierro, motivos filosóficos... quizá todo esto; ¡nunca lo sabremos más allá de lo que Dante nos revela, trascendiéndolo, en su obra! Dominado por el terror frente a tres bestias que lo acosan ­alegoría de la lujuria, la soberbia y la codicia­ hasta impedirle el camino y vislumbrando una silueta humana, Dante grita (qué gesto tan humano) hacia ella, invocando ayuda. Es Virgilio, el poeta pagano autor de la Eneida, enviado en socorro de Dante por una mujer "beata y bella" como dirá el mismo Virgilio: Beatriz.

Mi amigo pero no de la aventura / ­dirá Beatriz a Virgilio­ / en la desierta playa está impedido" (3) y por lo tanto yo (tercera de una cadena de mujeres que quieren salvarlo: María y Lucía) te pido que vayas en su ayuda. Sella el pedido con una fórmula que es casi una firma: "yo soy Beatriz que te muevo" (4). Dejando así en claro que es su apremio amoroso el móvil del excepcional viaje dantesco.

De aquí en adelante y hasta el paraíso terrenal, será Virgilio quien guía el viaje de Dante en el más allá (la verdad del más acá como precisa el poeta en la Carta a Cangrande) hasta que, en el linde del paraíso terrenal, aparece Beatriz, velada y bajo una lluvia de flores, sobre un carro arrastrado por un grifón, mítico animal símbolo de Cristo.

Los versos con que Dante expresa el impacto emotivo de su presencia, incluso antes de haberla reconocido, desautorizan todo intento de reducir a la joven mujer ­la florentina Beatrice de Folco Portinari­ a mero símbolo: de la teología, de la gracia, etc. "De antiguo amor sentí la gran potencia" dirá y, más adelante, "no me queda una sola dracma de sangre que no tiemble / conozco el signo de la antigua llama" (5) (sentí conozco. Es Dante). Es en esta atmósfera de gran intensidad afectiva que se sitúa el desenlace del largo errar y ¡error! dantesco, y es Beatriz, comparada eficazmente con un almirante en la proa de su nave y con una madre severa, quien pronuncia el lúcido diagnóstico. Tenemos aquí una muestra evidente de ese realismo dantesco tan acertadamante señalado por Auerbach: Dante, así como frente a la experiencia del extravío, no se detiene en un autoanálisis, sino que empieza un viaje en el más allá que le permita reconocer el valor real del más acá, ahora no pretende comprender solo, especulando sobre sus acciones, aquello en que se ha equivocado, sino que reconoce a otro ­a Beatriz, la gran presencia de su vida­ el derecho de esta tarea liberadora. Toca así un punto neurálgico de la experiencia cristiana: verdad y amor no se oponen, no se excluyen, sino que se implican mutuamente y el conocimiento es conocimiento amoroso (¡"justicia y paz se besarán" sugiere la Liturgia de Navidad!).

Y Beatriz, para que Dante, finalmente, comprenda ­siendo que el hombre que no usa la razón no es plenamente hombre, como se afirma en El Convite­, lo increpa con despliegue de una lógica férrea, cuyos términos son los siguientes: yo era la cosa más hermosa que habías encontrado, "ni naturaleza ni arte te mostraron nunca algo parecido". Al morirme no tenías que sustituirme con otras personas ­mortales como yo y menos atractivas­, tenías que "levantar la vista", "volar más alto" (¡es un salto de conocimiento, no de coherencia moral lo que Beatriz indica!) y comprender lo que yo con mi belleza y mi muerte te indicaba (6). Empujando la razón hasta el fondo habrías tenido que reconocer que la realidad, por atractiva que sea, o termina en la muerte y en la nada o es signo, signo de otra y definitiva Belleza, de ese supremo atractivo hacia el cual el hombre tiende en todo lo que hace.

Es así que Dante supera genialmente tanto dualismo (pensemos en las largas y agotadoras incertidumbres de Petrarca entre Laura y Dios, entre lo terrenal y contingente ¡pero cercano! y lo espiritual y eterno ¡pero lejano!). La realidad, dice en cambio Dante, su belleza, la concreción de su atractivo no se opone al significado último, sino que lo implica, lo indica y, finalmente, lo anticipa: signo y Misterio coinciden.

De esta forma Dante rinde el supremo homenaje a Beatriz: "algo venido del cielo a la tierra a mostrar un milagro" y, contemporáneamente, al Creador que no hizo a las creaturas atractivas para condenar al hombre en una constante dialéctica o renuncia (decía Miguel Ángel ­gran admirador y conocedor de Dante­: "si todo lo que amamos es pecado, ¿por qué Dios hizo el mundo?" (7)), sino para que fueran signo y real anticipo del destino final.

El atractivo de Beatriz consiste exactamente en ser signo del Misterio así que, amando a Beatriz y admirando su belleza, algo del Misterio se desvela ya en esta vida "Oh mujer en que habita mi esperanza", exclama Dante a un paso de la visión de Dios; "tú me has, de siervo, traído a la libertad" (8), me has librado de la esclavitud del error, de la apariencia, revelándome que la realidad ­¡toda!­, origen de tanta pasión (¡qué grandes pasiones ha representado Dante en su Infierno!) y, por lo mismo, de tanto extravío, no es enemiga, es decir, no es impedimento al camino del hombre hacia su destino, sino la insustituible condición. Condición que, provocando su razón y su libertad hace que, único en toda la Creación, conquiste con su trabajo lo que ha recibido: el ser hombre. Y este es el último sentido de todo el largo viaje dantesco: reconocer con plenitud de conciencia y libertad, a través del conocimiento y del compromiso con toda la realidad, su naturaleza última de creatura, y creatura responsable de la realidad y de la historia.

 

NOTAS

(1) Alighieri, Dante, Vida nueva, XXIX [XXX]. Alianza Editorial. Madrid, 1997.

(2) Alighieri, Dante, La divina comedia, canto I vv. 1-3. Asociación Dante Alighieri. Dante 2003.

(3) Alighieri, Dante. Ibid. vv. 61-63.

(4) Alighieri, Dante. Ibid. Canto II, v. 70.

(5) Alighieri, Dante. Ibid. Purgatorio. Canto XXX, v. 39.

(6) Alighieri, Dante. Ibid. Purgatorio. Canto XXXI. vv. 49-60.

(7) Buonarroti, Michelangelo Lettere; a cura di Noè Girardi, Enzo. Ente provinciale per il turismo. Arezzo; 1976.

(8) Alighieri, Dante. Ibid. Paraíso. Canto XXXI. vv. 79-90